M+.- El viento es el embajador de lo invisible. Nos azota, nos despeina, nos inclina, nos lanza arena a los ojos, pero escapa a nuestra mirada. Bajo sus soplos, un universo quieto se pone en movimiento. Los habitantes de regiones ventosas sabemos de su espíritu fantasmal cuando crujen los árboles de la calle, vibran las ventanas como temblando de miedo, se escuchan gemidos bajo las puertas y los portazos suenan como disparos. Raymond Chandler dedicó un relato al viento rojo de California que “baja por los puertos de montaña, te revuelve el pelo, te pone los nervios de punta y la carne de gallina; en madrugadas así las juergas acaban siempre en peleas y las mujeres pacíficas palpan el filo del cuchillo”.
Se cuentan también viejas historias sobre cielos protectores y aires benévolos. El griego Pausanias, viajero y escritor, relata una anécdota asombrosa sobre la ciudad de Turios, en la actual Calabria. Hace veinticinco siglos, sus habitantes concedieron la ciudadanía al viento del norte porque gracias a él se hundió una flota enemiga que llegaba para atacarles. Como recompensa, lo incluyeron en el censo y le cedieron una casa con viñas y terrenos de labranza. Igual que Turios, algunas ciudades viven inesperadas historias de amor con sus cierzos, tramontanas o sirocos. Tal vez por eso “beber los vientos” significa enamorarse.