De niño apreciaba las obras de arte publicadas en libros de la biblioteca materna, donde su hermana le enseñó a leer; pero hay lapsos de su vida que prefiere no recordar, pasajes lastimosos que borra de su mente, y de manera delicada escoge las imágenes, como es su gusto por la pintura y la literatura. Lo hace con voz pausada.
Héctor Sosa Salazar es un hombre de 43 años, alto, de manos largas, desgarbado, solemne. La mayor parte de su vida ha vivido en la calle, pero su personalidad cambió de forma extrema a partir de 1999, cuando empezó a escuchar voces y presentía que era perseguido, de modo que su personalidad se tornó agresiva.
Esta situación la soportó de aquel año a 2005, lapso en que tenía visiones de terror. "Hay un poco de dolor humano", dice, mientras aprieta entre sus manos una carpeta con poemas, como ese que tituló "Azul" y que deletrea:
Era azul como mi mano izquierda/y mordía solo si era dulce/habló con las monedas un día/y me regresó el gesto en la nada/tendría también que ser política/como las niñas que aman destruir las puertas/pero ese día se fue conmigo (...)
Y suspira.
—¿En qué consiste ese dolor?
—No podría describirlo, o creo que no debo.
De hablar acompasado, reflexivo, su mano derecha apunta al piso y la izquierda aprisiona un mazo de hojas, parte de sus 200 escritos; voltea hacia atrás y señala tres de sus cuadros en acrílico, pegados sobre la pared, donde enlaza historias de este lugar donde descubrieron su vocación por la pintura y ha encontrado un refugio, una salvación, como vivir en la orilla de esa enfermedad que desde 2006 le controlan en el Instituto de Asistencia e Integración Social de la Ciudad de México. Le diagnosticaron esquizofrenia paranoide e intentó suicidarse más de una vez.
—Llegó a un lugar donde lo ayudan.
—Así es.
—Y canalizan su necesidad por el arte.
—Así ha pasado.
—¿Desde cuándo pinta?
—Siempre tuve dificultad para aprender en la escuela, pero en mi casa había una enciclopedia que hablaba sobre algo que se llamaba arte naif; y más allá de eso, del art brut, que sería algo así como de lo más punk del arte; o sea, con pocos elementos, con nada de academia, se podía hacer arte, y yo dije: "Eso es lo que quiero", y también hablaba de los poetas malditos, de la revolución, de que la prosa podía ser poesía libre en nuevos significados.
—Qué edad tenía.
—Mi papá murió cuando yo tenía cinco años y a esa edad mi hermana me enseñó a leer. Entonces pude tomar todos los libros que estaban a mi alcance.
—Estaba rodeado de pinturas y de literatura.
—Mi mamá pintaba. Ella tardó muchos años en tener pareja, pero se juntó con una persona que se llamaba Fernando Ramírez Catmani, pintor; y de repente había mucho material en la casa.
—¿Dónde vivía?
—En Tlatelolco y un tiempo en la colonia Juárez.
—¿Desde hace cuánto pinta?
—Mire: estuve en situación muy difícil por una enfermedad siquiátrica, bueno...
—¿Y qué pasa, entonces?
—Por avatares del destino llego al CAIS (Centro de Asistencia e Integración Social); no podía comunicarme. Una vez, un día, un director que estaba a cargo en ese tiempo me obligó a ir a clases y estaban pegando sopitas y haciendo cosas y se me ocurre decirle a la que estaba haciendo su trabajo social: "Oiga, le puedo hacer un dibujo", y después: "¿Le puedo hacer una poesía?" Y me fueron acercando.
Y ahí dio un giro su vida.
***
La sicóloga María Rufina Ortega Cortez, también socióloga, sigue de cerca la situación del paciente Héctor Sosa Salazar en el Centro de Asistencia e Integración Social de Cuemanco —dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social de la CdMx— que atiende a hombres mayores de 18 años "con problemas severos de salud mental, en situación de abandono".
—¿Cuál es el perfil de este paciente?
—Viene con un diagnóstico de tipo paranoico. Cuando llegan con nosotros ya traen un diagnóstico previo que lo realiza generalmente el Hospital Fray Bernardino Álvarez, que es el psiquiátrico más importante, y nosotros únicamente hacemos la función de continuar con este tratamiento farmacológico, y comienzan a estabilizarse.
—¿Cuál es su situación cuando llega Sosa?
—Muy delirante, con intentos suicidas. Fue canalizado al Programa Social de Atención Emergente. Estuvo así más o menos tres años, sin salir de su habitación, de estar en total aislamiento, y en ocasiones no tomaba ningún alimento.
—¿La pintura le ha servido?
—Él la ha definido como una conexión; dice que pintar y escribir lo vuelve a conectar con la vida. Asegura que prácticamente vivía en una muerte. Él no se imagina la vida sin la pintura, sin la poesía, sin el acompañamiento, sin el apoyo de las personas que hemos estado en este trabajo conjunto.
***
A Sosa lo rodea su obra.
—Y ahí ya se siente más contento.
—Ha habido esfuerzo de gente que se ha interesado y me ha acercado material. Como una anécdota: esos tres cuadros representan el pasado —dice y gira la cabeza para mirar las pinturas—, el presente y el futuro del CAIS.
—¿Pintar es una forma de desahogarse?
Piensa un largo rato.
—Me asomo a un mundo probable, tal vez sea el vehículo o está en mí, pero no me desahogo, no hay una necesidad de expresarme, hay una exploración.
—¿Qué pasa por su mente en el momento que se sienta a pintar? ¿Qué se propone? —se le pregunta a este autor de 100 cuadros y 300 textos.
—Cruzo un puente, pero de todas maneras me quedo de este lado, puedo decir que dolorosamente (...), solamente se hace un puente o se abre una puerta y después se cierra. Es un proceso rápido.
—¿Pintura y poesía?
—Escribo un poco de poesía. Me gustan los poetas malditos y los poetas jóvenes de la frontera; en especial las mujeres. Éste es el primero de este cuaderno —lo abre de manera suave, lo dobla y clava la mirada— que ya está lleno y estoy usándolo al revés, y se llama "Azul": (...) pero ese día se fue conmigo/y el muro se cayó a mis espaldas/soy un siglo despiadado atravesando el tiempo/mi pobre pacto con el diablo/de conseguir almas ajenas/ya no hay olor reconocible/no se habla de mi en la sobremesa/pero el silencio es mío en todos los rostros de la fotografía.
Este hombre, que ha expuesto su obra plástica en universidades públicas y privadas, dice que no podría vivir sin la pintura ni la poesía.
Residió en Tlatelolco y la colonia Juárez. De la primera zona está cerca el CAIS Plaza del Estudiante, donde estuvo a partir de 2006. A tiro de piedra de donde vivía. Es de los pasajes que parece borrar.
Dice el diagnóstico oficial:
"Héctor, al igual que la población usuaria que habita en CAIS Cuemanco sufre el rechazo familiar, sin tener la certeza del origen o causa de tal rechazo..."