Todas las mañanas salen de Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, a bordo de camionetas, rumbo a la capital, donde recorren sus calles con el popular estribillo recitado por una niña
El auto entró como flecha sobre la avenida Pantitlán, en Ciudad Nezahuacóyotl, Estado de México. En estos rumbos, durante años, circulaban carretas tiradas por caballos. Los dueños cruzaban la frontera con el Distrito Federal, para comprar fierros viejos, pero se corrió la voz de que los animales eran maltratados y comenzaron a surgir protestas.

Poco a poco el panorama cambió y aparecieron camionetas con bocinas de las que salía el pregón de “se cooompran colchones, refrigeradooores, estufas y fierros viejos que veeendan”. Los conductores lo hacían a capela.
Tiempo después irrumpiría la voz de una niña -ahora de 26 años-, quien sería presentada en programas de televisión, ya que el sonido de su letanía inundó las calles de la capital.
El perifoneo se multiplicó.
—Es La Niña- decían.
Otros copiarían su voz.
Y otros más perdurarían con voz propia.
Pero aquella voz infantil se fue acrecentando y se hizo cotidiana, a veces empalagosa, tanto en la zona conurbada como en la capital del país; incluso ha sido usada en películas, como Roma, de Alfonso Cuarón, y también por empresas comerciales para anunciar sus productos.
Muy poco, sin embargo, se mencionaba la procedencia de las camionetas y los ocupantes que divulgaban el sonsonete que se escucha por todos lados; y se hizo más visible en estos tiempos de pandemia, pues invadía en reuniones virtuales transmitidas por Zoom.
—¿Quiénes son esos…?- preguntó Carlos Zúñiga.
La idea era localizarlos, y, aunque sus camionetas avanzan con parsimonia, pronto se escabullen, doblan en algún recodo, y el sonido se aleja lentamente; hasta que fue posible localizar a uno de ellos, Christopher, en algún lugar de la alcaldía Venustiano Carranza, quien dio la clave: vayan a la colonia Maravillas de Ciudad Nezahualcóyotl.
Y dio santo y seña.
—Pero tiene que ser temprano- añadió.
Y el auto entró como flecha…

***
Y se da con ellos después de indagar con otros que pasaban por aquí y por allá, cual perinolas. “Cargan gasolina en una estación que está sobre avenida Pantitlán”, informaron.
Por fin se localiza a unos cuantos chatarreros, que antes de partir se abastecen de combustible, pues la jornada será larga.
Norberto es uno de ellos. Tiene 22 años de dedicarse a este oficio. Él se dirige a la colonia Santa María la Rivera, Ciudad de México.
Es un poco hosco.
—¿Y qué tal le va?
—Pos como todo: hay que chingarle para sacar para la papa, nada más, porque está cabrón.
—¿Y qué tal la venden?
—Pues ahí saliendo aunque sea p’a comer, Mike.
La mayoría alquila las camionetas para trabajar. Y en esta labor también participan jóvenes, como esta alborozada trinca, encabezada por Irving, quien no deja de sonreír con sus dos compañeros. Dice que ahora les toca ir por la estación Panteones del Metro, allá por Tacuba.
—¿Y qué recolectan?
—Todo lo que tenga que ver con fierro, cobre, bronce, todo.
Cuatro amables vecinos que observan este reportero y a mi compañero Carlos Alvarado, cámara al hombro, perseguir camionetas en busca de historias, informan que el epicentro de la chatarra está la colonia Maravillas, de la Calle 29 a la Valle de Bravo y Malinalco.
Y hacia allá vamos.
Y es ahí donde es posible observar vehículos repletos de chatarra, como si fuera mermelada derretida en tarros, incluso ventanales de casas, y por allá se divisa una hilera de poderosos refrigeradores plateados.

Es una calle solitaria.
Una patrulla merodea. Sus ocupantes se detienen y sopean y ofrecen ayuda, “por si algo se ofrece”, dicen, gracias, se les contesta, y se pierden en horizonte de esa peculiar avenida en la que apenas puede avanzar un vehículo.
En el interior de una de las camionetas se divisa a Leonardo Yahuaca Gutiérrez. El hombre acepta platicar.
—¿En qué calle estamos?
—Calle 29, colonia Maravillas, entre Valle de Bravo y Malinalco.
—Es un lugar muy especial: hay muchos refrigeradores, muchas camionetas…
—Sí –responde Leonardo-, de hecho aquí la mayoría nos dedicamos a lo que es el reciclaje; lo que va a ser de aquí, de la Riva Palacio, casi llegando a Cuauhtémoc, va a encontrar camionetas para la compra y venta de fierro viejo. Desechos industriales.
—¿Desde cuándo se dedican a esto?
—Este oficio ya es muy viejo. Algunos van empezando, otros tenemos rato. Aquí sí se manifiesta mucho este oficio.
—Parece la calle de los refrigeradores.
—Sí, aquí los compran descompuestos, viene la gente o algunos que se dedican a la reparación, los compran o los se echan al kilo.
—¿Y usted qué colonias de Ciudad de México recorre?
—Pues ando en Santa fe, lo que es Condesa, La Raza.
En otra calle, Francisco Javier Magallán dice que la mayoría de los fierreros, como también se les llama, son de la Maravillas, aunque también hay en las colonias Estado de México y El Sol.
—El oficio data de muchos años.
—Sí, comenzaron con burritos, caballos, carretas, pero se los quitaron por la Asociación Protectora de Animales, que porque había maltratos.
—¿Y de la Ciudad de México cuál cree que es la mejor colonia para la chatarra?
—Lo que es Polanco, la Cuauhtémoc, San Rafael, Del Valle, Del Valle Centro, Del Valle Poniente, Del Valle Norte, Vertiz, la Narvarte.
—¿Y regresan a vender la chatarra en un depósito?
—Si sale fierro, vendemos la chatarra, y si salen muebles buenos, se guardan y se venden en el tianguis de Maravillas, que se pone los jueves.
***
Y a la vuelta de unas cuadras está uno de los 25 depósitos, donde trabajadores deshuesan televisores y otros aparatos. Es atendido por Reyna Esther Polanco Jiménez, quien dice:
—Nuestra misión es mandar a los chicos con camionetas para que vayan a recopilar. Traen el fierro viejo, desechos; lo que la gente ya no utiliza, ellos lo cambian por unas monedas y nosotros nos encargamos de seleccionar las cosas, lo que es el refri, el fierro, televisiones, colchones, todo lo que dice la vocecita de La Niña.
—Y ustedes los venden.
—Somos un centro de acopio. Después lo pasamos a otro de reciclaje más grande.
—¿Cuánto tiempo tiene este centro?
—Este en realidad lleva 7 años, pero mi esposo lo tiene trabajando muchos años. Él empezó desde chiquito. De ser chalán de los compradores, hasta tener su propio depósito.
—Porque aquí empezaron a caballo…
—Inventaban sus carretitas y empezaron a pie; después sintieron que era pesado porque tuvieron que recorrer varios caminos y calles o se iban más lejos y consiguieron caballitos; así empezaron, con sus caballos.
—Y se prohibieron los caballos.
—Sí, hubo muchos problemas, es lo que me comentaba él, que los detenían a veces, les decomisaban los caballos.
—Los protectores de animales.
—Exactamente. Hubo muchísimos problemas. Entonces optaron por arreglar carretas con bici, porque unos todavía tienen, y ahorita están las camionetas.
—También van a municipios conurbados…
—Sí, gracias a Dios es un negocio muy socorrido, demasiado sucio, pero sí muy socorrido, pero vale mucho. Es nuestra fuente de ingreso.
Durante la plática llega su, José Antonio Díaz López, quien comenzó como chatarrero a la edad de 15 años, en 1997, a lomo de caballo. “En realidad no había dinero para obtener una camioneta”, recuerda.
Y fue cuando comenzó la persecución por parte de una protectora de animales, Alejandra Alducin, “una señora que nos traía asoleados en toda la ciudad y donde nos encontraba nos remitía a las delegaciones para que nos quitaran el caballo y nos impusieran multas altísimas”.
Y José Antonio, con el paso del tiempo y constancia se armó de un centro de acopio, donde compra chatarra.
—¿Y el perifoneo de La Niña?- se le pregunta.
—Nooo, ellos fueron mucho tiempo después, porque todos empezamos a trabajar en las camionetas a grito libre; más tarde empezamos a ocupar equipos con un micrófono e íbamos hablando; luego, hicimos una grabación cada quien por su lado... Hasta que apareció la niña.
Son más de 200 chatarreros que desde hace un tiempo recorren calles de Ciudad de México y municipios vecinos.

Y entre ellos está Christopher Rodríguez, de 28 años, quien recorre el oriente de Ciudad de México; pero hoy, desde las ocho de la mañana hasta pasadas las tres de la tarde, solo le han caído un colchón y un refrigerador.
—¿Son malos los viernes?
—Pues aquí cualquier día te puede ir bien y cualquier día te puede ir mal.
—¿Qué es lo que más compras?
—Lo que más vende la gente es el colchón, sillas viejas, pedazos de fierro, un pedazo de estufa, todo lo que viene siendo el fierro viejo.
—¿Qué pueden dar por un mueble de esos.
—Pues depende, porque si ya está todo picado, pues es para la chatarra barata, la chatarra es muy barata; todo depende del estado de las cosas.
—¿Y cuál es la mejor zona?
—Pues qué te crees: yo casi siempre ando aquí, en Ixtacalco, Iztapalapa, Aragón, Ecatepec.
—Hoy fue un mal día.
—Sí, y la gente los mueve: Es que está muy pesado. Yo quiero doscientos, ¿no? Sí, pero yo les hago saber que les tengo que quitar todo el plástico. Entonces es puro fierro lo que a mí me compran.
Y allá va Christopher, uno de tantos chatarreros de la Colonia Maravillas, con el pregón infantil que todos los días y a todas horas se repite y hace eco en diferentes colonias de ciudad de México.
Humberto Ríos Navarrete