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Viernes , 26.04.2019 / 08:23 Hoy

Sentido contrario

La cola de Weinstein

Héctor Rivera

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Harvey Weinstein lucía muy pálido cuando los policías lo esposaron, enfatizando su condición de reo sometido a proceso. La sonrisa que mostró a las decenas de periodistas que atestiguaron su entrega lo hacía parecer cínico, seguro de sí mismo, pero también asustado ante un futuro incierto. Adivinaba quizá lo que está por vivir, con un dispositivo electrónico de localización atado a una de sus extremidades, altísimas erogaciones previstas e imprevistas para el pago de sus abogados, gastos por concepto de indemnizaciones y arreglos extrajudiciales, más lo que se acumule.

Pero en un caso como este, el inculpado no se presenta ante la policía y acude simplemente a la Corte como el niño de 66 años que va a su primer día de clases de la mano de su mamá. No. La presencia del productor hollywoodense ante la ley el viernes pasado en Nueva York, muy temprano por la mañana, estaba planeada centímetro a centímetro con sus defensores legales, que le aconsejaron cómo vestir, cómo sonreír, cómo caminar y comportarse ante los medios sin dirigirle la palabra a nadie, ni responder preguntas ni parpadear ante las voces que se elevaban entre el griterío pronunciando su nombre con familiaridad y haciéndole preguntas groseras.

Como en una obra de teatro muy ensayada, Weinstein vestía de manera informal, con un suéter ligero, camisa blanca y saco de vestir, con el cabello muy corto y las barbas rasuradas, lejos de su estilo habitual de poderoso magnate. De acuerdo con sus litigantes, se había despojado así de la condición de ventaja enorme que le daba su exitoso desempeño en las alturas de la producción fílmica para abusar sexualmente de las mujeres que acudían a sus citas en busca de una oportunidad laboral, sobre todo como actrices. Los abogados saben montar puestas en escena con eficacia enorme casi siempre.

Pero eso no es todo. El paliducho y acaudalado productor, fundador de la empresa Miramax, que concibe, realiza y distribuye cada una de las películas que nos gusta ver en el cine, llevaba en las manos cuando se entregó a la policía algunos libros y papeles, como si se dispusiera a montar una oficina de trabajo y una sala de lectura tras las rejas, cosa difícil si se considera que se encuentra ya prácticamente desempleado, despedido de la empresa que fundó y expulsado de todos los organismos que le daban prestigio en la industria, como la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y el British Film Institute. En realidad cualquiera de sus abogados hubiera podido cargar con el atado de libros y papeles, que para eso les paga, entre otras cosas. Pero no: era preciso que los llevara Weinstein entre sus manos, como el buen hombre que debiera parecer, dedicado al trabajo y a la lectura, como un inocente estudiante.

Uno de los tres libros que el productor de títulos fílmicos célebres como Tiempos violentos, Shakespeare apasionado y Pandillas de Nueva York abrazaba de manera significativa, tal vez el que más destacaba, era la biografía de Elia Kazan que escribió Richard Schickel.

Fallecido el año pasado a los 84, Schickel fue durante largos años y con mucha fortuna el crítico de cine de las revistas Time y Life. Es el autor de 37 libros sobre películas, géneros cinematográficos y personajes de la industria, y escribió o dirigió unas 30 películas documentales sobre temas fílmicos, casi siempre para la televisión.

Schickel publicó Elia Kazan: A Biography en 2005. Y Weinstein lo abrazaba contra su pecho por alguna razón específica cuando se entregó a la policía neoyorquina. Pudo hacerse acompañar por una bonita edición de Cien años de soledad, un resumen de El capital o una copia de la Biblia, que habría sido, por cierto, un muy potente golpe de efecto; pero eligió la biografía de un autor fílmico muy apreciado por su talento, pero despreciado de manera unánime por la manera como se comportó durante la cacería de cineastas sospechosos de coquetear con el comunismo, emprendida por el senador Joseph McCarthy en los años 50 desde el todopoderoso Comité de Actividades Antinorteamericanas, que indagó sobre la vida y obra de casi todos los creadores de Hollywood en busca de enemigos de Estados Unidos.

Citado a comparecer ante el Comité, Kazan delató en aquellos días sombríos a varios de sus compañeros y amigos cineastas. Les arruinó la vida a muchos para poner a salvo su pellejo.

Claramente el mensaje que estaba enviando Weinstein en ese momento, antes de pagar una fianza de un millón de dólares, es estremecedor. Cínico, prepotente, amenazó sin duda a cada integrante de una comunidad que tiene una larga cola que le pueden pisar.

Y el asunto apenas está llegando a los tribunales.

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