Es curioso como urde o hilvana sus piezas el azar, el vago y dadivoso azar, como le apodó Borges. En Madrid, en la Universidad Complutense, escuché por primera y última vez el nombre de Marco Denevi, un narrador argentino, autor de Rosaura a las diez, y amante de lo estrambótico, de lo estrafalario. Y Denevi fue miembro del jurado que diera una mención a la entrañable pieza narrativa Salón de billares de Jorge Riestra, un novelista de Rosario que ganó el Premio Nacional y que supo retratar, con mano experta, el mundo urbano y febril del “Nuevo sol”, nicho ecológico, microcosmos, de la sala de juego de billar que execra de “El maldito mundo de afuera”.
Los contertulios y compañeros de juerga o garufa se reúnen con asiduidad plácida, con arregosto que ilumina los pliegues y pasadizos más brunos de sus vidas. Y de pronto la Parca juega su papel y alguien se ausenta. Y de pronto todos, menos Morán, extrañan algo de su intimidad lúdica.
Jorge Riestra fue un estupendo narrador y su Salón de billares rezuma integridad y gozo narrativos a pasto. Baste una sola observación de índole psicológica para tasar su calado, de alta prosapia literaria: “En fin, que la vida es una en cualquier parte y que debajo de lo conocido y de lo desconocido late el mismo corazón”.
Y claro: resonancia afectiva del tango Uno (“si yo pudiera como ayer, querer sin presentir”), de Marco Denevi, de Borges, de Jorge Riestra y de mi inestimable amigo: gracias mil en la celebración del oro de sus vidas, queridos Juan Carlos y María.
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