Era melancólico Baldomero Fernández Moreno. Entregado a su familia en cuerpo y alma, y autor de uno de los sonetos más bellos dedicados a los entresijos del cuerpo humano:el famoso: “Soneto a tus vísceras”: “Harto ya de alabar tu piel dorada,/tus externas y muchas perfecciones,/canto al jardín azul de tus pulmones/y a tu tráquea elegante y anillada”.
Los médicos que revisan las definiciones del soneto dicen que han sido habilitadas con tino impar:
los azulados pulmones y la belleza de los anillos de la tráquea.
Baldomero sabía que había creado un soneto imperecedero.
Había dejado la medicina para concentrar sus más caros empeños en la edificación de poemas intensos, algunos motivados por celebraciones.
El libro de Marcela, inspirado tras el nacimiento de su primera nieta, en 1945. Otro erigido al sentir en carne propia (perdón por el lugar común) la muerte de su hijo: el fallecimiento de su hijo Ariel propicia la emergencia de Penumbra.
Y Baldomero cantó al hueso-pájaro-murciélago: el esfenoides; fue un canto premonitorio y fatal:
“Esfenoides, huesito misterioso,/calado aéreo:/pare qué quieres tus cuatro/ alas/inmóviles en el centro del cerebro?/Pajarito, pajarito,/llevarás mi alma al cielo”.
Baldomero Fernández Moreno murió de un derrame cerebral, el órgano vecino del hueso impar, situado en la parte media de la base del cráneo.