Recordamos hoy, 27 de enero, la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau y, con ella, los horrores sin precedentes del Holocausto. Pensamos en los 6 millones de niños, mujeres y hombres y millones de víctimas más de la barbarie, perseguidas por su origen, su discapacidad, sus convicciones o su identidad. La memoria es un deber y un acto de defensa activa de la dignidad humana.
El Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto es una advertencia sobre lo que ocurre cuando se normaliza la discriminación basada en la religión o cualquier otra diferencia. El proyecto de la Unión Europea surgió como respuesta a esos horrores que había vivido en su propio suelo. Europa decidió reconstruirse haciendo la guerra materialmente e ideológicamente impensable, pues las controversias entre los Estados se resolverían en un marco de diálogo y tolerancia, marco ahora despreciado por Rusia con su brutal guerra de agresión contra Ucrania. La Unión Europea se construyó para blindar la paz mediante el respeto de la dignidad humana, la libertad, la democracia y la protección de los derechos humanos. Se construyó, en última instancia, para que la tragedia no volviera a repetirse.
Ese legado que dejaron las víctimas del Holocausto hoy se pone a prueba. El antisemitismo ya no pertenece al pasado y reaparecen con frecuencia agresiones, provocaciones y ataques dirigidos contra las comunidades judías de todo el mundo. Y junto con la violencia física también proliferan estereotipos, teorías de la conspiración, la negación del Holocausto y la incitación al odio contra el diferente, amplificados por la velocidad de las redes sociales y las campañas masivas de desinformación.
Combatir estos atentados a la dignidad humana exige algo más que condenas políticas a escala nacional. La lucha contra todas las formas de discriminación, intolerancia, racismo y xenofobia no puede abordarse dentro de los límites de nuestras fronteras: exige una cooperación a escala mundial. La Unión Europea está comprometida con el multilateralismo, porque entiende que el odio es trasnacional y que requiere respuestas eficaces de todos los países del mundo. En la práctica, eso implica una cooperación sostenida entre gobiernos, parlamentos, fiscalías y autoridades locales para fortalecer marcos de derechos humanos, apoyar iniciativas de educación y memoria y construir resiliencia social frente a la desinformación y los discursos de odio que buscan dividir. Esta tarea tiene un eco particular en un país plural como México, donde la convivencia se construye todos los días. En un mundo tan interconectado, proteger a las minorías y defender la pluralidad es una tarea compartida entre todos, algo que el gobierno y el pueblo de México han asumido como prioridad, y nos sumamos a ello.
No hay sitio en nuestras sociedades para el odio antisemita. Ahora más que nunca es fundamental dar voz a los testimonios de las y los sobrevivientes y preservar sus historias para las nuevas generaciones. El legado de su supervivencia debe subsistir para prevenir otra escalada de odio. Tenemos la obligación de nunca olvidar ni permitir que otros olviden, tergiversen, ni nieguen el Holocausto. Hoy, y cada día, propongámonos no callar nunca ante el mal y defender siempre la dignidad y los derechos de todas las personas. “Nunca más” no es una mera consigna conmemorativa, es una obligación política, moral y humana.
Nunca más es ahora.