Así como la idea del espíritu y lo espiritual ha sido confiscada por materialistas y creyentes (los primeros afirman que esa dimensión de la conciencia y de lo real no existe, los segundos la monopolizan estableciendo que solo sucede en su propia fe), la conspiración como una acción histórica fue desacreditada por las ideologías de la modernidad que modelan el imaginario colectivo, pero también por los delirios de los dipsómanos de la conspiración y sus fantasías indemostrables.
Desde la quema en la hoguera del gran maestre templario Jacques de Molay en 1314, cuando se utilizó por primera vez la fabricación masiva de la opinión pública, pasando por la Revolución francesa, el imperio banquero de los Rotschild, el financiamiento inicial a Lenin y los bolcheviques, el involucramiento de Estados Unidos en las guerras mundiales, los inexplicados sucesos del 11-S o los cracks económicos, la conspiración ha sido un elemento esencial de la política, pero aún de modelos educativos y propagandísticos diseñados desde los centros del poder que no son los que están a la vista. El arte de la guerra, escribió Sun Tzu, se basa en el engaño. El del dominio de las mentalidades y el diseño del consumidor, antes ciudadano, también.
La extraña dictadura del neoliberalismo, estadio final de la revolución conservadora que se impuso en las sociedades contemporáneas para convertirse en pensamiento único, nunca fue votada por nadie. Su condición de espontaneidad histórica y la mejor de las épocas posibles, según sus poderosos propagandistas mediáticos, no es tal. Ha sido una implantación colectiva.
Fue la parte conspiranoica de Lot la que lo salvó de la catástrofe. Su mujer, sin nombre en la misógina Biblia, no creyó el mensaje angélico, confió en las evidencias aparentes y se quedó petrificada mirando hacia atrás. La desconfiada mirada lateral salva. Perseo paranoico vence a Medusa.