La alianza enemiga estaba lista para atacar al recién constituido altépetl mexica, tal como leímos la semana pasada.
Los mexicas se habían apoderado del cerro de Chapultepec y ya lo habían sacralizado con el sacrificio de Copil y habían nombrado tlatoani a Huehue Huitzilíhuitl.
Los tepanecas de Tlacopan, Azcapotzalco y Coyohuacan, cuyos dominios rodeaban el cerro, crearon una estrategia con los colhuas, el altépetl más respetado del valle por su sangre tolteca.
Los colhuas retaron a los guerreros mexicas a pelear en Culhuacan. Los contingentes mexicas avanzaron hacia el sur, por tierra y por agua.
Fortalecieron el enclave Huitzilopochco, que recién habían ganado, donde Huitzilopochtli se había aliado con Opochtli, el dios zurdo que les había dado el átlatl.
Huitzilopochco se encontraba a la orilla del lago de Texcoco, justo en el estrecho que conectaba con el lago de Xochimilco.
En la orilla oriental del estrecho se ubicaba Colhuacan.
Si los mexicas triunfaban, ganarían el control sobre los dos lagos y su independencia de los señoríos ya establecidos.
Los mexicas comenzaron la batalla, guiados por teomamas que portaban atuendos de plumas y colores, materializando a Huitzilopochtli.
Usaron lanzadardos, arcos e instrumentos de viento asociados con el culto a Tezcatlipoca, que producían sonidos aterradores y canalizaban la fuerza del dios.
Y mientras los guerreros luchaban en el frente en Colhuacan, los tepanecas atacaron a las mujeres y los niños que se habían quedado en Chapultepec.
Llegaron golpeando y matando. Saquearon las bodegas de abastecimiento militar y nutricio.
Se habían sumado a la invasión los chalcas, los xochimilcas, los cuitlahuacas, los acolhuas y otros más.
Arrasaron con la gente. Destruyeron las casas y los baños de vapor. Profanaron los templos. Prendieron fuego a las reliquias.
El pueblo de Huitzilopochtli no debía —ni podría tener— su propio altépetl.
Los guerreros se dieron cuenta del ardid y regresaron al cerro. Pero ya era demasiado tarde.
Huehue Huitzilíhuitl, el anciano que había nacido del tzompantli para ser coronado tlatoani, unión de los mexicas extranjeros y la familia real de Zumpango a la cabeza del Valle de México, fue capturado por los colhuas.
Se lo llevaron desnudo a Culhuacan, junto con su hija Chimalaxochtzin.
Su desnudez era un signo de humillación, y también una negación de su identidad. Así despojaban a los mexicas de todo aquello que habían logrado en décadas.
Huehue Huitzilíhuitl pidió que cubrieran el cuerpo de su hija, pero el señor de Culhuacan, Coxcoxtli, se negó a otorgar esa última gracia.
Luego, entre cantos y rituales, el primer tlatoani mexica fue sacrificado a pie del Cerro de la Estrella en Culhuacan.
Le siguió su hija desnuda. Los dos quedaron muertos, expuestos al indolente sol, sin corazón ni sangre.
Tozpanxochitzin —otra de las hijas— fue llevada a Xaltocan para ser sacrificada.
Otros familiares fueron repartidos como esclavos entre Xochimilco, Chalco y Cuauhnahuac.
Los demás sobrevivientes huyeron hacia los tulares en las entrañas del lago de Texcoco.
Allí comieron hierbas y culebras, como bestias fugitivas.
En los Anales de Tlatelolco encontramos el lamento de esta derrota:
“Con los escudos al revés fuimos los mexicanos vencidos en el pedregal de Chapoltépec. ¡Ah! Hacia las cuatro partes llevaron a los hijos. Va llorando Huitzilíhuitl”.
Chapultepec quedó en manos tepanecas.
Los hijos de Meztli habían aprendido una lección que nunca olvidarían: la guerra que los había forjado podía destruirlos.
Pero ¿sería ese su fin? Continuemos este camino por la historia, pues, como sabemos, este pueblo tendría más de un nacimiento.