Cultura

La vida que ya no está

  • 30-30
  • La vida que ya no está
  • Fernando Fabio Sánchez

Espero que hayan tenido una muy buena semana de fiestas. Con el fin de 2025 sumamos ya un cuarto de siglo. Increíblemente, nos alejamos de los paradigmas culturales del siglo XX y nos adentramos en otra era.

Las conversaciones de estos días están llenas de evaluaciones de lo que ocurrió y también de listas de lo que deseamos que suceda.

Me llama la atención que la gente mayor ofrece —a los que se prestan a escuchar— largos relatos de su vida.

Estas narraciones, propias de quienes han atravesado ya siete décadas, buscan recobrar el sentido de la existencia ante el paso del tiempo.

Si escuchamos con atención, los relatos reafirman en el presente los instantes en que la persona —en su momento— encontró sentido o descubrió un significado personal. 

Es un ejercicio de autorrepresentación.

Las palabras, en este caso, funcionan como una realidad paralela que reconstruye no solo hechos, sino valores personales, de clase y de género.

Es como ver una película cuya trama se sostiene en valores que —como la tecnología— han dejado de funcionar.

Tal película mantiene su sentido dramático no solo como una serie de hechos concatenados, sino por los espectadores que recibieron la historia en una época determinada y que, mediante una labor de interpretación, armaron un significado o encontraron una revelación.

Con el paso del tiempo, esta película necesita a su espectador. Y casi inevitablemente —como el espectador mismo— comienza a habitar los extensos catálogos del vintage en plataformas de streaming y canales de televisión.

Esto puede explicar por qué cada generación tiene sus propios hitos y por qué rara vez existe una transversalidad temporal entre artefactos culturales de distintas generaciones.

Revela también la soledad epistémica de los hombres y mujeres mayores y sus temores más profundos.

Una persona mayor necesita relatar su propia vida para que esta exista. En la realidad, esa vida se ha disuelto y no quedan ya muchos asideros que la reflejen.

La realidad cambia y, poco a poco, nosotros también. Todos vamos en el mismo barco.

Esta condición individual encuentra un paralelo inquietante en nuestro mundo social y político.

¿Qué ocurre cuando instituciones enteras comienzan a operar como esas narrativas que ya no reflejan la realidad?

Al igual que los relatos de nuestros mayores, conceptos como el progreso y la democracia corren el riesgo de convertirse en liturgias amenazadas o en cambio constante.

Para pensar esta disolución me detendré —en las próximas entregas— en las ideas de Nick Land, pensador radical del aceleracionismo tecnológico y autor de “La ilustración oscura”, así como en las de otros filósofos.

Por lo pronto sigamos escuchando a nuestros mayores en las fiestas que nos quedan.

Además de largos episodios de memoria, sus relatos son el mapa en que intentan encontrar sentido, como nosotros, día a día, luchando entre redes sociales, cambios legislativos e inevitables declaraciones de impuestos, entre muchos obstáculos.

Un día —quizá en una fiesta de fin de año—, contaremos también nuestras travesías a los más jóvenes. 

Y ellos, como nosotros ahora, escucharán la historia de un mundo que ya se fue.


fernandofsanchez@gmail.com

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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