—Doctor Minor, como veo que le han interesado las ideas de Jung, le explicaré con más detalle la arquitectura de la psique según este psicólogo.
—Lo agradecería, doctor, ya que me extravié un poco cuando me estaba explicando hace rato.
—En primer lugar, repasemos la idea de arquetipo. Para Jung, los arquetipos son estructuras universales, conductas y personalidades que los seres humanos heredamos de nuestros ancestros.
Los arquetipos influyen en nuestra conducta. Y, como ya lo dije, son una parte del inconsciente colectivo.
—¿Quiere decir, doctor, que, como heredamos esas estructuras de nuestros ancestros, somos solamente ese gran espejo que es el inconsciente colectivo?
—No. Cada uno posee un inconsciente personal. En él se encuentran depositadas nuestras memorias individuales.
Muchas de estas memorias fueron creadas por experiencias que luego reprimimos, ignoramos u olvidamos.
—¿Es la sombra? —preguntó el doctor Minor.
—En algunos aspectos sí. Pero el inconsciente personal es un territorio que se contrapone al inconsciente colectivo.
—No entiendo —expresó el doctor Minor—. Pensé que lo había entendido, pero ahora me siento muy confundido.
—Al inicio de nuestra conversación, doctor Minor, habló de algunos aspectos personales. Adentrémonos más en usted y en su inconsciente personal.
—Muy bien —dijo el doctor Minor con nerviosismo.
—¿Identifique una de sus memorias más lejanas?
El doctor Minor sintió una excitación. Luego dijo:
—Soy un niño con deseos de adolescente. Siento deseo sexual por otro niño. ¡Pero eso no puede ser! En la iglesia, en la casa, para mis padres, eso es inadmisible.
—El lugar donde esas memorias se han arraigado es el inconsciente personal. Esos materiales, por lo general, reaparecen en los sueños.
El doctor Minor se quedó pensativo. “Que me lo digan a mí”, se dijo. “Mis sueños son sexuales y aparecen niños”.
—Pero —dijo el psicólogo—, lo más seguro es que usted suprimió aquel deseo por otro niño y lo transfirió a personas a quienes, a simple vista, no era prohibido desear.
—¿Como a quiénes? —preguntó Minor.
—Mujeres…
El doctor Minor pensó en las chicas desnudas que vio en las playas de Sri Lanka.
—¿Era aquel un falso deseo? —preguntó Minor.
—Es posible que usted, inconscientemente, se dijo: “deseo a otros niños de mi sexo, pero no puedo contemplar en mi mente esa posibilidad; en su lugar, desearé a las chicas desnudas de la playa.
Sentir deseo por ellas es, aunque pecaminosamente, permisible”.
—¿De manera que mi deseo por esas chicas era sólo una máscara?
—Sí, doctor Minor —dijo el psicólogo— aquello era un deseo que enmascaraba otro deseo. Pero usted ha ahondado en un punto muy importante —agregó el psicólogo—.
Los seres humanos poseemos una máscara. Su falso deseo es parte de esa máscara.
—¿Cómo?— preguntó el doctor Minor.
—Su inconsciente personal tuvo un encuentro con el inconsciente colectivo, y descubrió que, en el orden de la colectividad, desear mujeres era permitido ya que usted posee un cuerpo masculino.
El doctor Minor pensó en sus brazos, pensó en sus piernas, pensó en su miembro reproductor.
—Usted, doctor Minor, construyó una imagen de sí mismo según lo que esperaban de acuerdo con su naturaleza. Falsificó sus verdaderos impulsos por otros para poder existir en colectividad.
Es lo que Jung llama “persona”. Persona, en griego, significa máscara.
El doctor Minor recordó la etimología de “persona”. Él era un experto en la definición de las palabras.
—Yo he colaborado con el diccionario Oxford —dijo el doctor Minor—. He pasado años y años, buscando el origen de las palabras. Conozco lo que significa “persona”.
—No lo dudo, usted es un hombre muy culto, doctor Minor.
—¿De manera que todos poseemos un rostro falso?
—Jung dice que sí.
—¿Y cuál es el rostro que sería el verdadero?
—Aquel de la sombra. La sombra es tu proyección que habita en los territorios del inconsciente.
El doctor Minor tuvo una idea que, por descomunal, no se atrevió reconocer.
Pensó: “mi naturaleza es un torrente, una cascada de impulsos. Mi sombra es larga, robusta y salvaje. Allí está inscrito mi verdadero rostro. Un rostro detenido en el tiempo, proliferante, pedófilo”.
Pero el doctor Minor pensó en su prestigio de académico, en su amistad con el señor Murray, en la señora Merrett.
Pensó en los años con su familia y en las reuniones en la iglesia en la Sri Lanka paradisiaca y los sermones y los cantos llenos de alegría, perfección y esperada pureza.
Pensó en todos aquellos para quien deseaba ser bueno, civilizado y decente.
—No, yo no soy ese —dijo el doctor Minor y luego soltó un grito de angustia—. Prefiero ser una máscara. Dios, aparta de mi esta oscuridad.
Entonces el doctor Minor buscó, entre sus pertenencias, una pequeña navaja y reunió todas sus fuerzas para actuar.
“Eliminaré la marca que me hace hombre”, se dijo, “por fin quedaré libre de aquellos deseos de una vez por todas”.