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Jueves , 25.04.2019 / 15:54 Hoy

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Assange, Ecuador y el poder del estado

Fernando Fabio Sánchez

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Julian Assange, co-fundador de Wiki-Leaks, fue arrestado el jueves 11 de abril en Londres, Inglaterra. 

Se encontraba bajo la protección del gobierno de Ecuador en su embajada en esta ciudad desde 2012, acusado de conspirar con Chelsea Manning, antigua analista de inteligencia del ejército de EU, para obtener secretos gubernamentales de ese país. Asimismo, Assange enfrentaba cargos por una supuesta violación sexual, y sería extraditado a Suecia.

 Esa acusación fue retirada, pero Assange, en libertad bajo fianza, pidió asilo en la embajada ecuatoriana para evitar una posible extradición a los Estados Unidos, porque en realidad lo querían por haber publicado los documentos clasificados en Wiki-Leaks.

Allí empezó una colaboración respetable entre un hacker que defendía los derechos del ciudadano ordinario en contra del poder absoluto de los gobiernos por controlar la información y un gobierno latinoamericano que cuestionaba el derecho internacional de los Estados Unidos por hacer y deshacer a su antojo. 

Ese romance terminó, y terminó muy mal. La policía británica sacó a un hombre notablemente envejecido, de barba y cabellos sin el dorado y la salud de aquellos primeros años de rebeldía, blancos; con la expresión del rostro cambiada, los párpados y los pómulos henchidos; casi como un brujo o el líder de un culto religioso.

Pero, esperen: si Assange apenas tiene 47 años. No cabe duda de que su cuerpo muestra el daño del encierro, como un Papillón internético, que sale de un calabozo después de 7 años, con apenas restos de sanidad mental. 

El presidente ecuatoriano Lenin Moreno decidió desalojar a Assange por las constantes violaciones a protocolos de la vida diaria (entiéndase llenar las paredes con heces fecales).

Assange, más que agradecido, empezó a agredir a aquellos que identificó como sus carceleros. Hasta que parece que, él mismo, decidió terminar con una situación que no soportaba más. 

Assange pone en evidencia precisamente el poder del estado sobre los ciudadanos. Nuestro hacker, por más que lo intentó, no pudo ganar la batalla. Pero esta historia no ha terminado.

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