El futbol se ha posado en el lienzo desde diversas perspectivas estéticas y movimientos pictóricos, enfatizando determinados elementos del juego como los escenarios, la indumentaria y objetos propios, los campos y los y las jugadoras, como lo hiciera el pintor mexicano Ángel Zárraga, duranguense a mucho orgullo y emigrado a Europa cuando era joven, uno de los primeros en pintar sobre futbol de manera profusa, incluyendo mujeres siendo protagonistas: obras como la célebre Las futbolistas (1922), retomando a tres jugadoras de un equipo francés, El futbolista (1925) y Joven futbolista (1926); Futbolista rubia (1926), en la que se captura a una protagonista sosteniendo un balón; El joven futbolista (1927), Futbolistas en el llano (1924-1928), en la que captura a los jugadores en movimiento, y Tres futbolistas (1931), entre otras, representando la premisa de la posibilidad emancipatoria a través del futbol, particularmente en el caso de las mujeres.
Zárraga también pintó a jugadores de rugby dada la similitud inicial entre ambos deportes, tal como se observa en Los jugadores de futbol (1908) de Herni Rousseau, cuadro que refiere justamente a un partido de este deporte, según el acuerdo más extendido y considerando el balón ovalado, en una época en la que ambos deportes compartían formas de juego, después dividiéndose en el uso de las manos y las tacleadas o en el empleo exclusivo de los pies salvo el portero, en la segunda mitad del siglo XIX. El gran maestro francés postimpresionista juega con las proporciones de los hombres y los árboles, así como con la combinación de los colores del ambiente natural y los uniformes de los equipos.
Enclavada en el futurismo italiano, Dinamismo de un futbolista (1913) de Umberto Boccioni presenta a un jugador en plena deconstrucción o en proceso de fragmentación, acaso por un campo imaginario, plasmada en el clásico estilo de esta vertiente, representando el movimiento a partir de una estructura a manera de espiral, en la que se distinguen claramente las figuras geométricas dados los juegos de colores entre azules, naranjas, cafés y con algunos motivos verdosos y amarillos, y por ciertos efectos de transparencia e iluminación que se difumina de afuera hacia el centro, como si se tratara de explicitar el contexto mismo del jugador en términos de progresión, recordando a aquellos que se desempeñan por toda la cancha e igual aparecen arriba, en medio campo y por la zona defensiva.
Un par de obras que comparten título pintadas por sendos artistas italianos. uno de los fundadores del movimiento Novecento, Leonardo Dudreville, propuso en estilo neoclásico Partita di calcio (1924), imagen futbolera en la que varios jugadores van en busca de la pelota por lo alto, mientras otros contendientes observan atentos el destino de la pelota, incluyendo un perro que le quiere entrar al quite y algunos aviones en el cielo, por aquello de la idea de progreso; por su parte Carlo Carrà integra un rígido equilibrio de varios jugadores saltando en un entorno aséptico y cerrado, remarcado por líneas bien definidas y a tono con el campeonato de su país obtenido un año antes, vía Partita di calcio (1935). En otro ámbito, Candido Portinari recordó a su infancia en Futbol (1935), donde un grupo de niños juegan sobre un campo rojizo con piedras y troncos por donde se atraviesan animales, mientras se aprecia un cementerio y una escuela en el entorno típicamente rural. Muchos años después, Botero pintó Niños jugando al futbol (2002) con su inconfundible estilo de cuerpos robustos y colores contrastantes.
Desde los principios del suprematismo, el artista ruso Kazimir Malevich propuso Realismo pictórico de un jugador de futbol: masas de color en la cuarta dimensión (1915), en la que con un fondo blanco ligeramente ensombrecido parecen flotar 8 figuras, empezando por un inclinado rectángulo negro en la parte superior con enfática separación del resto de cuadrángulos, que dan la sensación de un descenso suspendido con el círculo y las franjas en calve equilibrista, en efecto: y esa idea dimensional pareciera verse en cómo algunos jugadores consiguen hacer movimientos que desafían la gravedad o logran servicios que parecen romper con las dimensiones conocidas. En contraste, el argentino Antonio Berni pintó en mirada realista Club Atlético Nueva Chicago (1937), estampa de la formación del equipo de Mataderos con jóvenes luciendo playeras de distintos colores, acomodados como un equipo entre fruta y un papalote, además de un perro como parte del equipo.
En Yendo al partido (1928) observamos una escena en Bolton, justo cuando las clases trabajadoras se dirigen a un juego del Wanderers, cual ritual sabatino para dejarlo todo en la tribuna y en donde al fondo se ve la ciudad grisácea como marco para la llegada masiva al estadio desde una perspectiva ligeramente elevada y panorámica en la que predominan los tonos cafés y que de primera instancia se advierte la influencia de Bruegel el Viejo: un importante enfoque en los aficionados como parte esencial del juego. En esta vertiente contextual, Christopher Nevinson realizó Cualquier tarde invernal en Inglaterra (1930), en la que, a partir de elementos propios del vorticismo, plasmó una acción futbolera con las fábricas humeantes al fondo, también retomando elementos propios del futurismo italiano con esas superposiciones diáfanas que se envuelven en una cierta neblina típica de la época del año, acentuando la lucha por la posesión de la pelota.