Después de veintisiete días seguidos viendo futbol, entre uno o hasta seis partidos, dependiendo de la fase, llega el día en el que todos paramos, tras la finalización de los octavos de final. Y la ausencia se resiente: uno se acostumbra a lo bueno. Ya nomás nos quedan ocho y cuarenta se han despedido de diferentes maneras: decepcionando, sorprendiendo para bien, con la cara al sol o un poco entre sombras. Ya dependerá de las expectativas iniciales que cada selección tenía y de los resultados alcanzados, además de la forma de llegar a ellos. Sabemos que hay formas de perder y que algunas de ellas engrandecen al derrotado.
El primer tópico que generó debate fue el número de equipos clasificados para esta ronda final, ahora conformada por 48 selecciones, primera vez que se realiza de esta forma: los temores iban de un bajón de calidad en varios partidos y de una dispersión y agotamiento para los jugadores, varios de ellos cargando una temporada muy pesada en sus respectivas ligas, además de otros torneos. Por otra parte, sin embargo, hemos tenido la oportunidad de ver, acompañar y disfrutar de esfuerzos notables por parte de equipos que con menos participantes difícilmente hubiéramos podido conocer, como el de Curazao y, sobre todo, de Cabo Verde, todo un animador del certamen.
Un segundo asunto que ha levantado discusiones tiene que ver con la famosa pausa de rehidratación, establecida para todos los partidos, independientemente de las condiciones climáticas y con una cierta intención mercadológica, más que por precaución. Por una parte, está el rasgo distintivo del futbol en cuanto a deporte continuo durante 45 minutos, que se observa en muy pocos deportes, sólo interrumpido por las circunstancias del partido mismo (un gol o un jugador lesionado, por ejemplo). La pregunta es si se trata de una característica esencial y si convertir los partidos tradicionalmente de dos tiempos en juegos de cuatro cuartos (como en el fútbol americano), trastoca el espíritu del juego. Cierto es que en algunos juegos, la pausa sí cambió el momento de cada uno de los equipos que, de mantenerse esta propuesta, tendrán que reaprender a cómo jugar, si bien la UEFA ya dijo que no lo aplicarán, sólo en algunos casos cuando las temperaturas superen los 32 grados centígrados.
Por otra parte, las nuevas reglas, como la del tiempo mínimo para hacer un saque de banda, salir al menos un minuto en caso de ser atendido en campo o no tardar más de 10 segundos en salir cuando hay un cambio, con el riesgo de retrasar un minuto el ingreso del compañero, parece que en general han favorecido al desarrollo del juego. En este Mundial en particular se le a intentado dar continuidad al partido cuando hay un jugador tirado en el campo -fingiendo o realmente lastimado-, lo que ha tenido al menos dos consecuencias: el fair play de sacar la pelota se ha reducido, por un lado, y por el otro, los jugadores fingen menos porque se dan cuenta que nadie les hace caso, si bien sigue faltando consistencia en las tarjetas amarillas para aquellos que quieren engañar al árbitro.
Y hablando del arbitraje, una tendencia clara para este Mundial ha sido la de tratar de dejar correr lo más posible las jugadas, evitando también en la medida que se pueda las tarjetas, postura que se bien ha contribuido en algunos casos al espectáculo, en otros lo ha perjudicado porque algunos jugadores aprovechan la laxitud para cometer faltas constantes, cortar jugadas de peligro y ensuciar el partido, afectando a los equipos y jugadores con más habilidad. Habrá que ir buscando el equilibrio, como con el uso del VAR, que de pronto no se entiende por qué no se consulta, cuando en algunos casos parece evidente que habría que revisar una jugada. Los conspiranoicos aprovechan cualquier error para afirmar categóricamente que hay arreglos en lo oscurito -sin ofrecer pruebas claras- pero inexplicablemente siguen viendo una competencia que, según ellos, está acordada fuera de la cancha: un poco de masoquismo, quizá.
De acuerdo con esta tendencia, se cometen (o se marcan, según se quiera ver) menos faltas pero se gambetea también menos: el regate ha cedido en aras de un juego enfocado a los pases precisos. Parece ser el reflejo de una tendencia global, en la que se privilegia más la circulación de la pelota que el encare, por lo que en varios encuentros se observan posesiones largas en las que se merodea el área pero se dificulta crear peligro, aunque, en otro sentido, este mundial ha sido el de los grandes goleadores: como en pocas justas, tenemos a cuatro jugadores -Messi, Mbappé, Haaland, Kane- que todavía jugarán al menos otro partido y que han anotado más de un gol por encuentro. Del otro lado, igual ha sido un mundial de grandes arqueros como Gill, Shobeir, Kobel y Costa, además de los veteranos mencionados enseguida.
En efecto, también ha sido un Mundial de muy bienvenidos añosos: 44 jugadores tenían más de 35 años y abundaron los porteros cuarentones de muy buenas actuaciones (Neuer, Vozinha, Gordon con 43 años, Ochoa). Se despidieron otros tres grandes de 40 y más, al menos de sus selecciones: Ronaldo, Modrić y Džeko. Y en el otro extremo del espectro, vimos a algunos adolescentes mostrar su talento y asumir la estafeta, empezando por Gilberto Mora, nuestro estimado Morita, con apenas 17 años, además de Yamal, Cubarsí, Mbaye, Enrick, Páez, Diomande, Abdelkarim y Sochurek, entre otros, que andan entre las 18 y 19 primaveras. Curiosamente, quizá dadas las transiciones rápidas que han caracterizado a varios partidos, hemos visto menos la figura de mediocampistas protagonistas.
El racismo ha aparecido, tristemente, en particular desde la tribuna, si bien la regla de aplicar expulsión si un jugador se tapa la boca para decir algo parece que funciona: al momento se ha utilizado un par de veces. También la segregación religiosa, como en el caso de algunos aficionados españoles que se negaron absurdamente a celebrar el primer gol de Lamine Yamal cuando agradeció al Dios en el que él cree por su religión musulmana. Todo tipo de intolerancia hacia preferencias religiosas o sexuales y características físicas debe ser erradicado: ahí está el caso de la senadora paraguaya y sus comentarios racistas para después victimizarse, faltaba más, como un ejemplo de qué tan normalizado se está volviendo un tema que parecía superado en ciertos contextos. Tampoco han faltado algunos “comunicadores” que alimentan el odio contra el diferente o las conjuras de los necios (diría Kennedy Toole). Por otro lado y relacionado con el ámbito religioso, han corrido algunas explicaciones desde perspectivas sociológicas de cómo, en el caso del bajo desempeño de la selección brasileña, pudiera estar influyendo, como uno de los factores, el crecimiento de la teología de la prosperidad que se desprende del neopentecostalismo.
En otro sentido, hemos visto historias de camaradería y apoyo más allá de los colores, como por ejemplo esa cercanía que el público mexicano establece con los equipos orientales, particularmente con Japón y Corea. Y sobre todo la forma en que se recibió a Irán, bien cobijado por el respetable tijuanense ante las absurdas restricciones migratorias que deberían eliminarse cuando un país recibe la nominación para un Mundial. En este sentido, la intromisión aparente del presidente de Estados Unidos para pedir la anulación de la tarjeta roja a un jugador de su selección acabó siendo contraproducente: los más afectados fueron los propios seleccionados, a quienes se les impuso una presión innecesaria. También está el caso de las irresponsables declaraciones públicas del presidente de Corea sobre la selección, la federación y el entrenador, han contribuido al clima de linchamiento hacia Hong, rebasando todo límite de sensatez y malentendiendo la pasión futbolera. Mesura, sobre todo si tienes poder.
Veremos que nos deparan los partidos siguientes.