Las filmaciones más antiguas relacionadas con el futbol son la del partido de 1897 entre Glentoran y Cliftonville en Belfast, con una duración de 43 segundos –se puede restaurada– y filmada; en la otra se captura un momento del partido entre el Blackburn Rovers y el West Bromwich Albion de la temporada 1898-1899, escenificado en el Ewood Park de Lancashire, Inglaterra, el 27 de septiembre de 1898 y se le atribuye el texto documental de 40 segundos a Arthur Cheetham; fue recuperado por el North West Film Archive. Se habla también de una filmación de un minuto realizada en 1896 a la que se tituló A Football Match at Newcastle-on-Tyne de Robert William Paul, un ingeniero inglés que le entró a la filmación de eventos diversos. Y en España, en 1911, se encontraron menos de 30 segundos filmados de un partido entre el CD Español y el Duncan, un equipo inglés así llamado por el barco en el que llegó al puerto de Barcelona.
En el campo de la ficción, ahí está el corto mudo Clarita y Peladilla en el football (1916), escrito y dirigido en tono paródico por Benito Perojo. Considerado el primer largometraje que integraba algún elemento futbolero en su temática, El as del futbol (Le p’tit Parigot, Francia, 1926) es una película dirigida por René Le Somptier que sigue las vicisitudes del capitán del equipo francés, interpretado por Georges Biscot: las diferencias con su padre y una serie de enredos laborales, familiares y sentimentales que se van plasmando a través de los diversos capítulos que conforman este serial. Por fin se casa Zamora (1926), filme de José Fernández protagonizado por el arquero y posterior entrenador Ricardo Zamora, quien también apareció en Los campeones (1942), bajo la dirección de Ramón Torrado: mejor en las canchas que en la pantalla, aunque enjundioso en ambos espacios, el también conocido como el Divino fue de las primeras grandes figuras del balompié español y el futbolista que inició el tránsito del césped al celuloide.
Durante estos primeros años, la cinta futbolera de mayor importancia es la silente alemana Los once diablos (Korda y Boese, 1927), que profetizaba la relevancia del futbol como el deporte del siglo y en la que se recupera la historia de un equipo conformado por trabajadores, en particular la del capitán y centro delantero Tommy, un tornero que termina enamorado de una mujer de corte angelical, convertida en animadora del cuadro. Un dueño lo observa jugar y le ofrece un contrato jugoso (lejos de los actuales, desde luego), que puede conducirnos a la idea de la profesionalización de este deporte, pero también de su excesiva mercantilización. De hecho, aquí se plantea la eterna pugna entre los jugadores pobres y ricos, representados por el Linda y el Internacional, respectivamente: muy actual si analizamos cierta moda de algunos millonarios que entre sus gustos se encuentra la compra de un equipo para después armarlo, de manera inmediatista, con base en la cartera y si no mete goles, por lo menos que venda camisetas. O al revés: que venda playeras y si puede, que anote de vez en cuando.
Todavía en la década de los veintes, se filmó la película desaparecida Futbol, amor y toros (1929), que algunas fuentes señalan como la primera cinta sonora de España, realizada por Florián Rey, en la que un torero jubilado y un hombre pudiente aficionado al futbol, padre del arquero del equipo Triana, representan la tradición y la modernidad respectivamente. Ya entrando en los treintas, se filmó El gran juego (Raymond, 1930), cinta británica que, en tono de comedia con el balompié como hilo argumental, retrata diversas situaciones y recursos argumentales retomados en varios filmes posteriores; también aparecieron Falsa noticia del futbol (1932), filme de animación de Ricardo García, conocido como K-Hito por considerarse, jocosamente, el emperador de la historieta española.
Tres argentinas: La barra de Taponazo (1932), dirigida por Alejandro del Conte y en la que se sigue a un jugador y las aventuras con sus amigos, si bien fue criticada cuando salió pero ahora es vista como un intento inicial de poner al futbol como parte de la trama; Los tres berretines (1933), segunda película de la historia del cine argentino sonoro y en la que el director Enrique Susini se refería a los pasatiempos de los porteños -el tango, el cine y el futbol- a los cuales son afines tres hijos que desatienden el negocio del padre, quien intenta meterlos en cintura, y El cañonero de Giles (1937), escrita y dirigida por Manuel Romero, en la que retoma la historia de un jugador que tomaba fuerza a inspiración al escuchar el ladrido de un perro.