Cultura

El Día de la Revelación o el arte olvidado de la escucha empática

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¿Qué sucedería si se confirma, de manera incontrovertible gracias a la publicación de algunos archivos secretos, que no estamos solos en el universo, que además hemos sido visitados por alienígenas con desarrollos tecnológicos superiores a los nuestros y que además nos hemos aprovechado de ellos a través de crueles experimentos con fines de “seguridad”, mientras que sus intenciones apuntan más bien hacia la empatía y la comprensión? ¿Será que hemos llegado a una situación tal como humanidad, que ya hemos perdido la capacidad de encontrar las respuestas y las soluciones ante nuestra propia destrucción y la del planeta? ¿Ya no sabemos escucharnos ni a nosotros mismos?

Dirigida y coescrita por el maestro Steven Spielberg, junto con David Koepp (Parque jurásico, 1993; Código negro, 2025), El día de la revelación (Disclosure Day, EU, 2026), aborda una de las temáticas cercanas al realizador como objeto directo de la narración y como referencia para la reflexión. El filme se articula a partir de un par de personajes primero por separado y después unidos por un suceso común. Por una parte, una presentadora del clima en un canal de Kansas (Emily Blunt, siguiendo el camino amarillo) vive con su novio (Wyatt Russell, escéptico) y, tras el encuentro con un cardenal que aparece en la mesa del comedor, adquiere el don de lenguas, la capacidad de leer la mente y sentir el pesar ajeno: sin tenerla clara, emprende una misión con la información disponible, que no es mucha ni tampoco del todo definida, y con una convicción inquebrantable, como invitada a descubrirse a sí misma.

Por otra parte, un hacker experto en matemáticas (Josh Connor, evasivo), quien sigue las indicaciones de un convencido y misterioso hombre (Colman Domingo, tranquilizador) para cuidar una evidencia robada de la empresa en la que trabajaban, dirigida por un jefe atormentado (Colin Firth, autoconvenciéndose) que le sigue la pista, mientras aquél se apoya en su novia previamente secuestrada (Eve Hewson, dubitativa), que había abrazado la fe católica como novicia y ahora viviendo un momento de crisis de fe, para seguir huyendo sin rumbo definido, al tiempo que es perseguido física y virtualmente, gracias al don de la ubicuidad proporcionada por una artefacto alienígena, que parece hacer de todo, por cierto, incluyendo el don de la invisibilidad y de la posesión de otras personas.

Se trata de la organización Wardex –nótese que no el gobierno–, que controla la información y las evidencias sobre las visitas de extraterrestres desde hace 79 años, mientras que esta disidencia intenta lograr que todo sea expuesto ante el mundo, dado que el material que lograron roba no dejaría ninguna duda de la presencia de estos seres y de cómo han sido tratados: darlo a conocer desataría el caos en un mundo de por sí agarrado de alfileres, dicen unos; es un derecho de la ciudadanía global conocer toda la verdad, dicen otros. Queda de manifiesto el poder conferido a las imágenes como fuente de certidumbre ante una realidad cada vez más manipulada y alterada por intereses ajenos al bien común, invadida de información pero escasa en conocimiento compartido.

El desarrollo argumental está atravesado por constantes persecuciones en las que caben resoluciones caprichosas e inverosímiles (usar la misma camioneta ya detectada o esconderse detrás de una piedra), brillantes secuencias con el sello de la casa desde el punto de vista de la edición y los desplazamientos de cámara, incluyendo una autorreferencia de su filme Duelo (1971) en la escena del tren, así como una mirada retro tanto en forma –esas texturas– como en forma, si bien el pasaje final es resultado de una maestría narrativa para construir la conclusión del relato que, aunque predecible, resulta envolvente y emotiva por partes iguales. Se presenta por ahí una escena de aparentes compras de pánico que tampoco se explica del todo, acaso emparentada con el caos y la violencia representada por la lucha libre al inicio de la historia y anunciando, quizá, La guerra de los mundos (2005).

El conflicto central está claro: unos quieren difundir la verdad y otros tratan de impedirlo y entre ellos, la humanidad bombardeada por teorías de la conspiración, medias verdades, manipulaciones mediáticas y fake news, o sea, la sociedad de la posverdad. Pero ante este dilema, emergen otras temáticas, bien representadas por personajes como la madre superiora (Elizabeth Marvel, aguda), en cuanto a la apertura en cuanto a la posibilidad de realidades más allá de las propias certezas o cuando una mujer se hinca ante la protagonista, quien de inmediato rechaza la adoración cual si se tratara de una iluminada en vías de conformar una secta: curioso que, a fin de cuentas, seguimos sin tener una sola prueba convincente de que no estamos solos.

El director de E. T. (1983) vuelve a hacer equipo con Janusz Kaminski, cuya propuesta visual apuesta por esas yuxtaposiciones y reflejos reconocibles, enfoques precisos de luz y encuadres que transitan de la fantasía al realismo íntimo, de la imaginería sobrenatural a la sobriedad monacal, mientras que John Williams propone un score también de contrastes que acompaña a la acción, los momentos de introspección y a las epifanías que experimentan los personajes, a través de los hallazgos o las conversaciones como el brillante diálogo entre los líderes de la empresa y la disidencia; ahora el muy logrado trabajo de edición estuvo a cargo de Sarah Broshar, con quien ha trabajado recientemente y que contribuye en definitiva para la interrelación de los relatos, las transiciones y la fluidez, sello de la casa, del filme.

A través de una analepsis que viven los propios protagonistas en una réplica del hogar de origen, destacando la importancia de esas vivencias familiares como en Los Fabelmans (2022), se explica el encuentro con la civilización tecnológica y empáticamente más avanzada, tomando formas reconocibles para no generar temor, como un ciervo, un zorro o un alce para buscar esparcir el mensaje que buscan esparcir, contrario a cualquier intento de colonización. Mientras que La llegada (Villeneuve, 2016), esa obra clave del siglo XXI, se enfoca en las posibilidades del lenguaje y la comprensión sobre el sentido del tiempo y la predestinación, la película del casi octogenario director –nacido justo cuando empezaron a generarse estos expedientes secretos– también retoma la noción de la empatía propuesta por aquella pero se orienta hacia la pérdida de la fe, de la capacidad de creer y, sobre todo, de escuchar para después cuestionar y decidir.


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Fernando Cuevas
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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