Una docena de conocidas obras maestras, más allá de las creencias religiosas, a tono con estos días de la semana mayor en orden de acuerdo con los sucesos representados. Veamos
Plasmada a finales del siglo XV en un mural del Convento de Santa María delle Grazie en Milán, La Última Cena de Leonardo Da Vinci, una de las expresiones más conocidas y analizadas del mundo, retoma el Evangelio de San Juan y captura el desasosiego alrededor de la traición a Jesús con ese característico punto de fuga en la parte de atrás. El artista renacentista optó por usar pintura al óleo sobre una doble capa de yeso y brea. La agonía en el Jardín (1465-1470, 81 x 127 cm.), por su parte, coloca a Jesús rezando al cielo en el que se observa un ángel infantil, mientras tres discípulos duermen; Giovanni Bellini propuso un paisaje sinuoso y árido, como el momento que se relata, con un cielo en dos tonalidad y personas y casas al fondo.
Tiziano, en tanto, pintó al óleo Cristo cargando la cruz (1508-1509), en la que se ve a Jesús volteando hacia nosotros con gesto apesadumbrado y un guardia parece vigilarlo, más que ayudarle; la perspectiva es cerrada en primer plano y no da margen a mucha esperanza. Con su inconfundible estilo y uso enfático del color para acentuar la intención dramática, El Greco pintó cinco obras relacionadas con el mismo tema: en Cristo abrazando la cruz (1580), destaca el rostro con gotas de sangre y una mirada lagrimeando entre esperanzada, decidida y de aceptación que se dirige al cielo, mientras sostiene el madero con unos alargados dedos; el fondo grisáceo anuncia el destino manifiesto.
Otro cuadro sumamente conocido es Cristo Crucificado (1632) de Diego Velázquez, centrando la figura de Jesús crucificado con un áurea que refleja dolor pero al mismo tiempo cierta tranquilidad, acaso de saber que todo ya pasó; no se presentan mayores elementos de contexto más allá de la icónica figura en la cruz con la inscripción arriba de una cabeza ligeramente caída con el cabello hacia el lado derecho, y cada extremidad sostenida por un clavo: la sobriedad del fondo oscuro resalta la iluminación del cuerpo, ligeramente ensangrentado que cubre la mayor parte de los 248 x 169 cm.
Cristo de San Juan de la Cruz (1951) fue el aporte surrealista de Salvador Dalí, quien vio el cuadro en un sueño, a su vez basado en un dibujo del místico que lleva su nombre; la perspectiva picada se alarga por los 205 x 116 cm. y a partir de una estética geométrica, no muestra ni el rostro ni las heridas habituales, sino un fondo oscuro y debajo la bahía de Port Lligat; se encuentra en el Museo y Galería Kelvingrove de Glasgow. El descenso de la cruz (1611-1614) de Peter Paul Rubens es el cuadro central de un tríptico que se encuentra en la Catedral de Amberes; la mirada diagonal del cuerpo de Jesús y la sábana con la que lo bajan del madero le da un tono de dramatismo a la imagen de 420 x 310 cm., pero también de aceptación; aparecen María Magdalena, María Cleofas, Nicodemo, José de Arimatea y Juan el Evangelista destaca con su túnica roja.
El milanés Caravaggio pintó varios cuadro alusivos a principios del siglo XVII: El descendimiento de la Cruz (1602-1604) de 300 x 203 cm., en lógica diagonal descendente donde San Juan y Nicodemo sostienen el cuerpo inerte y en tono de lamento, la Virgen María, María Cleofas y María Magdalena; La incredulidad de Santo Tomás (1601-1602) rescata el famoso suceso en el que Jesús resucitado le dice al discípulo, ante su escepticismo, que meta el dedo en su costado, ante la mirada atónita de los otros; Caravaggio imprime su realismo y su enfática iluminación para construir esta obra de 107 x 146 cm., ubicada en la Galería Sanssouci; además, realizó La cena de Emaús en los mismos años, con Jesús al centro manifestándose ante la sorpresa de los discípulos Lucas y Cleofás, incluyendo algunos mensajes en los juegos de sombras y los detalles de los objetos.
En La Resurrección (1469-1470, 225 x 200 cm), Piero della Francesca expresó el triunfo de Jesús ante la muerte con todo y bandera en mano, al tiempo que cuatro hombres parecen adormilados. Se encuentra en la Pinacoteca de Sansepolcro. Con uso explícito de la luz y ciertos elementos manieristas, La Transfiguración, obra final de Rafael, retoma el Evangelio de San Mateo y se muestra a Jesús elevándose por los cielos alrededor de nubes junto a Elías y Moisés, mientras que de la mitad para abajo se encuentran los mortales en un contexto de cierto caos y extrañeza, incluyendo los apóstoles en busca de exorcizar a un niño poseído. El Cardenal Giulio de Médici encargó la obra y la colocó en 1523 tras la muerte del pintor en la iglesia del Beato Amadeo de San Pietro en Roma, si bien ahora se encuentra en el Museo de Louvre, donde cuelga con sus imponentes 410 x 279 cm.