La teoría económica, con sus tintes intermedios, siempre ha estado dividida en dos bandos de pensadores, llámense como se les llame: aquellos que piensan que las fuerzas del mercado son suficientes para que todo mundo crezca económicamente, y que el Estado debe ser únicamente el que ejerza la ley y el orden, y los que piensan que el mercado es imperfecto y que el Estado necesita ejercer un papel más activo. Los del primer grupo no creen en el Estado como administrador de los recursos que necesariamente tiene que administrar, y le ponen entonces “instituciones” que lo vigilen. Los del segundo grupo consideran que es obligación del Estado ser honesto y responsable, y no necesita estas instituciones. Los del primer grupo piensan que el Estado necesita contrapesos para prevenir el autoritarismo, los del segundo grupo no tienen opinión u objeción al respecto.
Existen en México economistas notables que fueron los artífices del experimento del primer grupo, los llamados “neoliberales”. Privatizaron todo lo que pudieron privatizar, desmantelaron todo lo que pudieron desmantelar para que el Estado únicamente fuera el ejecutor de “Ley y Orden”, y le pusieron al Estado las famosas instituciones que hoy se quejan que se desmantelaron, para vigilar la conducta del Estado.
Si este hubiera sido un experimento exitoso, gracias a todas las reformas que estos economistas -yo incluida- realizaron, México habría crecido. Tan siquiera eso. Pero esto no fue así. La inversión privada permaneció estancada, y sin inversión no hay crecimiento. Aún falta un análisis riguroso de por qué el experimento neoliberal mexicano no produjo crecimiento, ni mucho menos igualdad y bienestar. El punto es que no funcionó.
Y el gatillo que provocó la llamada cuarta transformación fue la mayoría de la gente cansada de vivir en la pobreza.
Los que llegaron ganaron por fuerza de proponer nada menos y nada más que primero los pobres. Y para ello propusieron un modelo de nuevamente un Estado Fuerte que pueda asignar los recursos de una manera más equitativa. Y para ello absorbió a las famosas instituciones que se quejan los pensadores de antaño, para que lo dejaran actuar. Caso concreto el fondo para desastres naturales, el Fonden, que era un órgano independiente, y que nunca actuó en resolución de desastres naturales con la eficiencia y abundancia con la que el Estado actual los ha resuelto. La reestructuración de la CFE y Pemex ha permitido que los shocks de precios de energéticos no afecten los bolsillos de la población. Es, si, otro experimento que ha tenido ya resultados muy favorecedores para México. La estabilidad económica y financiera de México, la salida de casi 14 millones de mexicanos de la pobreza extrema, con su consecuente aumento en el consumo y el bienestar. La estabilidad y fortaleza del peso mexicano, y la menor tasa de desempleo jamás vista en nuestra historia.
Pero si, no crecemos. Porque las empresas mexicanas siguen sin reinvertir sus utilidades, como siempre.
Lo que a los economistas que tuvimos la fortuna de lograr doctorados en las mejores universidades del mundo nos compete es pensar en México, no asustar la inversión aferrándonos a un modelo que no funcionó. ¿Cuáles instituciones? ¿Cuáles pesos y contrapesos? Somos la democracia más completa del mundo donde hasta los jueces son elegidos por la gente. Somos un experimento único en el mundo, pensado para la gente. Todos los economistas debemos unirnos para aportar ideas que incentiven la inversión para que México crezca como merece crecer.