“La Historia son las mentiras de los vencedores, pero también las mentiras con que se engañan a sí mismos los vencidos”, afirma Julian Barnes (Reino Unido, 1946). Nuestra memoria suele adaptarse al recuerdo. No es cierto que el pasado queda inmutable: uno habilita cada versión. Pareciera algo circunstancial. Así le ocurre al personaje Tony Webster (quien, sin embargo, no apuesta a la desmemoria) en El sentido de un final (editorial Anagrama). Explica la vida ambigua, contradictoria y ambivalente.
No es la novela de un suicidio sino de lo que aquella muerte infligió a quienes continúan viviendo. El drama que implica la incertidumbre cuando surgen preguntas que quedan sin respuesta, pero hay esperanza de contestar. Barnes tiene un ingenio para narrar que podría estandarizarse para juzgar a otros. Del tema más común y hasta obsoleto, con buen gusto elabora sus relatos: este mereció el Premio Booker.
Adrián “no quiso ser”, como dice el poeta Miguel Hernández en verso, y muere. Barnes manifiesta una visión ficticia y también íntima, con calidad prosística. Lección sobre escribir que pudo haberla aprendido de Borges (al cual admiraba y conoció en Oxford). Su literatura incluye elementos de él en idioma inglés.
La venganza del tiempo acecha a los personajes, cada uno expectante de ella, principalmente Tony, cuyo grupo de amigos opta por separarse y olvidar tras suceder el trágico hecho. Años después llega la ocasión para recapitular mediante los diarios del difunto. Una obra de suspenso que Barnes revela con obviedades, aun evidenciando el desenlace, hasta volverse memorable.
Por Erandi Cerbón Gómez
@erandicerbon