Política

Un emperador enloquecido

Para Donald Trump, las normas de la coexistencia pacífica entre las naciones ya no tienen ninguna importancia; tampoco las leyes del país que gobierna y que juró solemnemente cumplir y hacer cumplir.

El magnate que se considera libre de todo tipo de ataduras morales, legales, políticas y humanitarias ante nada se detiene; ni siquiera ante la posibilidad de que, como consecuencia de sus actos, el planeta estalle.

Nunca antes en la historia de la humanidad un solo hombre —un emperador enloquecido como él— había tenido el poder para intervenir tan rápida y tan letalmente en cualquier parte del mundo, prácticamente en cualquier instante.

Como su pueblo no lo contiene y la ultraderecha en el mundo le rinde pleitesía, el magnate anda desbocado, lanzando misiles y bombas por todas partes.

La indignación que su autoritarismo, su megalomanía, los escándalos y crímenes en los que ha estado involucrado, despiertan en millones de estadunidenses ha resultado, hasta ahora, efímera y absolutamente ineficiente en términos políticos. A un atropello suma otro y otro sin que pase nada.

Muy corta, veleidosa y fugaz es la memoria colectiva en Estados Unidos. Quien en ella confía se equivoca. Como se equivoca también quien cree que a Trump podrán frenarlo las oleadas sucesivas de indignación en el mundo o la fría indiferencia con la que China y Rusia contemplan el espectáculo.

Y, sin embargo, Trump no lo puede todo.

Ante quien, con dignidad y sin engancharse con sus provocaciones, sin responder de bote pronto a sus amenazas, sin estridencia, con serenidad y firmeza se planta frente él, se detiene. Así ha sucedido —y lo reconoce el mundo entero— con Claudia Sheinbaum Pardo.

No está sola la Presidenta y Trump lo sabe; la inmensa mayoría de las y los mexicanos, a ambos lados de la frontera, estamos con ella.

Ir contra Venezuela o Irán, actuar a la distancia, es una cosa.

Meterte con tu vecino, con un país con una irreprochable legitimidad democrática, llevar incluso la confrontación a tu propio territorio —pues tienes 40 millones de mexicanos viviendo dentro de tus fronteras—, causar daños inmediatos y catastróficos a tu propia economía, es un suicidio que ni el propio Trump, aun en el colmo del paroxismo, podría permitirse.

A fin de cuentas, más que la guerra —y como decía Clinton—: “¡Es la economía, estúpido!”, la que permite a los políticos estadunidenses ganar elecciones.


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Epigmenio Ibarra
  • Epigmenio Ibarra
  • Periodista y productor. Fundador de la productora Argos. Corresponsal de guerra entre 1980 y 1990 / Escribe todos los miércoles su columna "Itinerarios"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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