Que, sin violencia de ningún tipo, sin romper un solo vidrio, en esta época oscura en la que con tanta ligereza un solo hombre amenaza con destruir a una civilización entera, mi patria se transforme pacífica, democráticamente y en libertad, me llena de esperanza y orgullo.
Sé que la guerra, como dice Carlos Marx, es la partera de la historia y que los seres humanos sentimos “un amor terrible” por ella. Nos matamos entre nosotros con una espantosa facilidad y una aterradora frecuencia. La paz es, desgraciadamente —y de esto da cuenta la historia—, la excepción y no la regla.
Sé también que quienes suelen enviar a otros a matar y a morir —en el nombre de la patria, de Dios, de la raza o, peor todavía, de la democracia, y casi todas las veces por avaricia— lo hacen generalmente desde sus oficinas blindadas, muy lejos de los frentes de guerra y sin correr jamás ningún riesgo. Solo aprietan un botón, levantan el teléfono, hacen un gesto y matan a distancia. Sus amenazas y bravatas se convierten con demasiada frecuencia en órdenes de exterminio.
He repasado la historia de los conflictos bélicos y también he visto, en el frente de guerra, los cuerpos destrozados por la metralla y a civiles intentar huir despavoridos y caer víctimas del fuego cruzado. Supe de masacres y hablé con sobrevivientes y pensé que lo peor había pasado. Me equivoqué: a un genocidio lo superó otro y luego otro; así como a un Hitler le sigue un Netanyahu o un Trump. Siempre hay un loco dispuesto a incendiar el mundo.
Y en medio del horror, mientras corre la cuenta regresiva, justo al lado de un imperio desbocado y sediento de sangre que nos impuso en 2006 una guerra inútil y que hoy amenaza con intervenir otra vez en nuestro territorio, estamos las y los mexicanos, mostrando al mundo que las insurrecciones cívicas son posibles y que las revoluciones y los cambios radicales pueden hacerse a punta de votos y no de balas.
Qué privilegio el nuestro; qué responsabilidad la que tenemos: asumir, entender, defender, vivir los principios del Humanismo Mexicano y demostrar que, pese a todo, es posible construir la paz, que es fruto de la justicia; ampliar y garantizar las libertades y derechos de todas y todos; poner “por el bien de todos primero a los pobres”; considerar y tratar como adversarios a quienes nos ven como enemigos y dirimir civilizadamente nuestras diferencias.