Política

Auge y caída de Morena

Todo lo que sube debe de bajar. Dice la sabiduría popular y el sentido común práctico. Morena tuvo un auge nunca visto en la historia política mexicana. Desde su fundación en 2014 hasta que retiene la presidencia en 2024, Morena se hizo el control de 75% del país. Hablo de la Presidencia, cámaras, gubernaturas, alcaldías. Fue la década morenista que comenzó con una modesta bancada en el Congreso -codo a codo con el PRD- y que hoy es la fuerza hegemónica del país. El espíritu de los tiempos, la liquidez de las identidades políticas, también abonó a tan vertiginoso ascenso. Aunque el eje del crecimiento morenista fue el desmoronamiento del PRI como el único partido auténticamente nacional. Fue una sustitución casi perfecta.

No obstante, me resulta evidente que Morena ha tocado techo. Se hizo del poder nacional casi con totalidad -exceptuando una parte del norte y el Bajío-Occidente de México- y gobierna más pendiente de los pactos al interior de la coalición gobernante que atendiendo lo que la oposición señala. Morena en 2026 es el PRI del salinismo. Un partido que controla casi todo, pero que tiene dificultades para crecer. La cara negociación con el Partido Verde y el PT son espejos del techo alcanzado. La propia Presidenta de México ha perdido entre 15 y 17 puntos de aprobación en un año. Sigue siendo una presidenta popular, pero hoy sus dimensiones plebiscitarias son menores.

Al mismo tiempo, Morena demuestra que las fisuras internas no son cavilaciones mediáticas, sino hechos consumados. La dimisión obligada de Adán Augusto es una señal de la apuesta de Sheinbaum por un proyecto propio de cara a 2027. En el discurso podrá defender a López Obrador, pero en la práctica ya están en Londres o en El Paraíso -Tabasco- los principales operadores del expresidente. La purga de Sheinbaum es lenta como su ritmo al hablar, pero hoy tiene mayor margen de maniobra que en el pasado. Las fisuras en Morena tendrán efectos electorales, primero a nivel local y luego a nivel nacional. La transición a la democracia en México -recordémoslo- fue de la periferia al centro. El auge del populismo morenista resultó a la inversa, del centro a la periferia.

Jalisco es un símbolo del deterioro de Morena. El partido guinda no ha logrado superar la barrera del 40% en ninguna elección. En la última, 2024, una coalición de 5 partidos le permitió superar el 32%, pero esa coalición hoy está rota. Futuro y Hagamos perdieron el registro; el Partido Verde es aliado de Movimiento Ciudadano, y el Partido del Trabajo es más un pasivo que un activo para Morena. A esa realidad, hay que añadir la falta de unidad de las corrientes morenistas. No se ponen de acuerdo ni para una votación en el Congreso. Es el Reino de Taifas con tres o cuatro liderazgos que prefieren perder elecciones a ver que se entroniza su compañero de partido.

A esto hay que sumar los escándalos mediáticos que van dibujando la cara del partido guinda en Jalisco. El caso del presidente municipal de Tequila, Diego Rivera, es icónico. Un presidente municipal que ganó por la fragmentación partidista y que llegó al poder para extorsionar, cobra derecho de piso y hacer del Ayuntamiento un eslabón más de la delincuencia organizada. Lo nunca visto: habitantes de Tequila celebraron en la plaza municipal la detención del alcalde por parte de cuerpos de seguridad federales. Quitando los programas sociales ampliamente populares entre una buena parte del electorado, es muy complicado rastrear gobiernos locales de Morena que sean bien valorados por los ciudadanos. Morena se ha construido gracias a los “votos en cascada” que vienen de la Presidencia, pero no tiene ni gobernadores ni presidentes municipales que levanten la mano con resultados verificables en sus gobiernos. Claudia Brugada, jefa de gobierno de la Ciudad de México, está más preocupada de bajarle el ruido a la nota roja en los medios que en dar resultados de Gobierno. Ya para qué hablamos de Michoacán, Sinaloa o Veracruz. Gobiernos fallidos.

De la misma forma, como pudimos leer en un amplio editorial de Mary Beth Sheridan en el New York Times, la relación de Morena con los cárteles de la droga es un dolor de cabeza para la Presidenta. Esta realidad innegable la pone entre la espada y la pared: si emprende una guerra contra los cárteles sin cuartel seguramente contentará a Trump, pero el precio es meterse con operadores cercanos a López Obrador. Cito a Sheridan (en su relación con Morena): “avanzar con más firmeza contra los políticos corruptos podría enfrentarla a funcionarios del partido que podrían socavar su autoridad y debilitar a Morena de cara a las elecciones intermedias”. No es un tema sólo de leyes, combatir a los narcotraficantes es -sobre todo- un problema político.

No tengo duda que Morena llegó a su techo electoral en 2024. Es cierto que no hay una oposición capaz de capitalizar a nivel nacional el descrédito de Morena, pero a nivel local sí estamos viendo que surgen alternativas o que Morena enfrenta resistencias. Jalisco es uno de esos bastiones de la oposición en donde Morena parece no poder entrar. Un partido que más que soluciones, parece condenado al escándalo y a la degradación. La década morenista parece estar viendo su el inicio del fin. 


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Enrique Toussaint
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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