Política

El engaño

El engaño Enrique  Toussaint
El engaño Enrique Toussaint

El viaje al centro fue la clave de la arrasadora victoria del otrora temido Andrés Manuel López Obrador. En 2006 -particularmente- y en 2012, el miedo a la radicalidad del tabasqueño detuvo en seco sus aspiraciones presidenciales. La clase media sospechaba de sus ideas y el empresariado temía de su radicalidad. López Obrador logró romper su techo de 35% de los votos y se impuso entre todas las clases sociales, entidades federativas (exceptuando Guanajuato) y niveles educativos. Luego de los fracasos del PAN y del PRI, el candidato de la izquierda abrazaba la moderación y se vendía como el campeón del combate contra la corrupción.

Para aquella empresa, López Obrador echó mano de la credibilidad de figuras políticas y sociales independientes. La presentación prematura de su gabinete tranquilizó las aguas. Entre las filas de un eventual gobierno aparecían nombres poco sospechosos de ser extremistas. En economía -donde más dudas había- daban la cara perfiles de la talla de Carlos Urzúa, Arturo Herrera, Rogelio Ramírez de la O, Graciela Márquez, Jonathan Heath y Gerardo Esquivel. Todos economistas de altos vuelos con estudios en el extranjero (y en universidades de prestigio para la élite económica). Alfonso Romo -fuerte empresario- se convertía en el puente con los grandes intereses económicos. Nada que preocuparse.

En materia de libertades y derechos, qué mejor que la presencia de una mujer auténticamente liberal en Gobernación: Olga Sánchez Cordero. La ministra en retiro simbolizaba la defensa de la legalidad. Para aquellos que temían del compromiso de López Obrador con la ley y las instituciones, pues una ministra con las manos limpias significaba la mejor carta de presentación. Otro externo: Germán Martínez, expresidente del PAN. Un hombre culto y técnicamente preparado. Alguien sensato para llevar la Seguridad Social del país. Y para concluir: la agenda educativa en manos de un moderado como Esteban Moctezuma. Para aquellos que pensaban que López Obrador entregaría la educación a los sindicatos. Ni México iba a ser Venezuela, ni López Obrador se perpetuaría en el poder. Su equipo era un validador; un legitimador en sectores de la opinión pública que dudaban del ahora presidente.

Tatiana Clouthier fue trascendental en ese giro hacia la moderación. La campaña digital y mediática, que ella encabezó, fue un éxito rotundo. Clouthier logró articular dos mensajes que calaron hondo: López Obrador como casi un ícono pop entre los milenials y centenials, y la tranquilidad entre las clases medias urbanas. Los resultados son innegables. López Obrador ganó el voto urbano, ése que le evitó llegar a Palacio Nacional durante 12 largos años. Sin embargo, aquella operación de moderación es más digna de un museo que de una auténtica apuesta por la mesura. Un engaño en toda regla.

La realidad es que los moderados e independiente fueron marginados desde el minuto uno. Cancelación de Texcoco, militarización, política energética y un larguísimo etcétera son ejemplos del ninguneo de los moderados. Algunos como Gerardo Esquivel ni siquiera entraron al gabinete. Otros fueron saliendo con el paso del tiempo. El común denominador ha sido la decepción con las decisiones del presidente, pero también con su estilo personal y personalista de gobernar. Germán Martínez dio un paso al costado denunciando conflictos de interés y agresivos recortes a la seguridad social. Impropios de un gobierno que ondea la bandera de la izquierda. Carlos Urzúa pasó a la crítica y ha sido muy duro con la pérdida de rumbo económico del país. Graciela Márquez se exilió en el INEGI y Olga Sánchez se hartó del ninguneo y volvió al Senado. La de López Obrador fue una campaña que utilizó a los independientes para romper el miedo, pero los marginó en el ejercicio del Gobierno. “El presidente está rodeado por una jauría”, le dijo Tatiana Clouthier al columnista Enrique Galván.

El saldo es un viaje de regreso: López Obrador cerrando su administración con los duros y abrazando la radicalidad. La decisión de impulsar a Raquel Buenrostro a Economía es un botón de muestra. El presidente no quiere funcionarios con pensamiento propio, sino soldados que no duden. Por eso quiere tanto al Ejército, los militares son disciplina y lealtad sin preguntar. Quitando Hacienda en donde López Obrador mantiene un perfil técnico y competente (Rogelio Ramírez de la O), el resto del gabinete se ha llenado de perfiles de bajísima calidad, pero con una obediencia ciega al presidente. Un gabinete que acompaña incluso la sucesión: la apuesta decidida por Claudia Sheinbaum como el alma más pura del obradorismo.

El problema es que un gabinete así nos asegura un turbulento final del sexenio. Las controversias en el seno del T-MEC pueden tener como resultado un duro golpe a la credibilidad de México en los mercados internacionales. No tengo duda que más que la militarización, el más que probable fiasco del panel es lo que empujó a Tatiana Clouthier a tirar la toalla. No quiso tragarse ese sapo. Imaginemos lo que supone esta inestabilidad comercial en un contexto de altísima volatilidad económica y una inflación rampante.

Y también hay una consecuencia electoral. Una oportunidad para la oposición. A pesar de que su sacrosanta aprobación resiste, el presidente decidió abandonar a aquel candidato transversal que podía luchar por el voto urbano, joven, clasemediero y moderado. Dicen por ahí que las encuestas son como los bikinis: enseñan mucho, pero esconden lo importante. Como escribí en el desgaste que AMLO no quiere ver, Morena está perdiendo aceleradamente preferencias electorales en las ciudades, entre los votantes menores a 40 años y los universitarios. El giro radical de López Obrador supone abandonar el centro. Y, por ende, abandonar la fórmula que lo hizo el presidente más votado de la historia democrática del país.

Enrique Toussaint
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