Política

AMLO y el “dictador bueno”


Miguel Díaz-Canel, dictador de Cuba, fue recibido con honores en México. Presenció el desfile por la Independencia desde el palco de los privilegios. Atestiguó, en primera persona, la defensa que hizo Andrés Manuel López Obrador de la Revolución Cubana. Tampoco se perdió la condena al bloqueo económico de Estados Unidos a la isla. Ni José Martí hubiera escrito un mejor guion. Frente a una realidad de aislamiento de Cuba, López Obrador le dio tribuna, legitimidad y oxígeno al dictador.

La política exterior es, siempre, una combinación de principios e intereses. Un país utiliza la diplomacia para impulsar sus objetivos económicos y políticos, pero no puede desconocer por completo los cimientos morales de su forma de entender el mundo. Es un equilibrio complejo. Es defender la democracia y la libertad, pero a la vez comerciar y proteger los intereses estratégicos. Es defender los derechos humanos, pero al mismo tiempo aprovechar las oportunidades que brinda la economía global. La política exterior no puede ser pragmatismo desencarnado, pero tampoco un idealismo desprovisto de realidad y entendimiento del poder.

Por ello, cuando hablamos de política exterior no podemos ser excesivamente puristas. No todo es paz y amor. Un país, en particular uno como México que no es una potencia global pero tampoco una nación irrelevante, debe calibrar sus pasos. Tejer alianzas y defender los objetivos nacionales en el exterior. El presidente es renuente a entender la política exterior como una dimensión fundamental de un proyecto nacional. No se cansa en decir: la mejor política externa es la política interna. No obstante, a pesar de sus reticencias, López Obrador no esconde sus filias y sus fobias. Dice que no meta su cuchara en asuntos de otros países –la tan mentada Doctrina Estrada– hasta que Cuba aparece en escena. AMLO tiene una debilidad por la Revolución de Cuba. Como buena parte de la izquierda en este país. Lamentablemente.

Cuba simbolizó la lucha antimperial. Esa Isla valiente y brava que resistía a unos kilómetros de Miami. La dignidad de un pueblo que se negaba a abrazar el capitalismo desencarnado de los yanquis. América Latina, y buena parte del mundo, se vestía con camisas del **Che Guevara y entonaba a Silvio Rodríguez mientras degustaba un ron. Cuba pudo ser una utopía digna de seguir e incluso importar, pero no lo fue. No niego la relevancia del bloqueo económico para entender el desastre del modelo cubano. Sin embargo, el atraso económico fue consecuencia del desmoronamiento de la Unión Soviética y el régimen se ha resistido, eso sí, a democratizarse.

No concibo una utopía política que no sea democrática. Por décadas se pensó que el anhelo de igualdad del comunismo podía, o incluso debía coexistir con el exterminio de los derechos y las libertades. Los cubanos se recargaban en su apuesta por la educación y la salud como premio a una nación sin libertad. Era un precio a pagar. Nos decían: no tienen libertad, pero que buena educación tienen y que buen sistema de salud. Por algunos años fue cierto, hoy los indicadores muestran un deterioro de las viejas glorias de la Revolución. Cuba no es un modelo a seguir para una izquierda moderna, democrática y comprometida con las libertades. La persecución en Cuba a los homosexuales es una página tristísima de la historia de La Habana.

López Obrador y una parte de nuestra pseudoizquierda han decidido tolerarle a Cuba lo que no le toleraban a Augusto Pinochet o lo que les escandaliza de Vox. Aquí es donde el discurso del presidente roza la más extrema incongruencia. En los ojos del tabasqueño, los anhelos de libertad del pueblo cubano son fruto de una maniobra del imperio yanqui. No se pone a leer a activistas de redes sociales cubanos que relatan cómo el Gobierno llega hasta sus casas para impedirles la comunicación con el mundo. O como el Gobierno espía cada rincón para evitar una primavera cubana que suponga un renacer democrático. A López Obrador no le importa que los cubanos vivan en la opresión; y no le importa porque Díaz-Canel y la revolución son un símbolo de esa izquierda trasnochada. El presidente es capaz de poner en riesgo nuestra relación con Estados Unidos por un recibimiento a un dictador, indigno de un país que se asume democrático.

Y entiendo que México debe jugar un rol importante en Cuba. Considero que más temprano que tarde, pero la Isla comenzará un cierto deshielo y habrá oportunidades que México debe aprovechar. Como lo han hecho países europeos, o incluso Canadá, la diplomacia mexicana debe jugar un rol fundamental en la democratización y en la apertura de la economía cubana. México no debe compartir la orientación de todos los regímenes políticos para hacer negocios y confeccionar tratados de cooperación. Si no, imagínese: no podríamos acercarnos a China, a los países árabes o a cualquier estado que no cumpla con estándares democráticos. México debe ser inteligente con Cuba, pero eso no puede suponer recibir a Díaz-Canel como poco menos que un estadista internacional. Es un dictador que reprime a su pueblo. Un dictador que hace lo que AMLO condena un día sí y otro también.

La democracia es un valor universal, como son, también, los derechos humanos. Todo pueblo aspira a gobernarse y a tomar sus propias decisiones. Una dictadura es condenable, se defina de izquierda o se defina de derecha. Sea anti o pro-Estados Unidos. Sea capitalista o sea socialista. Tendremos una izquierda –y también una derecha, dicho sea de paso– democrática cuando condene con la misma intensidad y ahínco cualquier atisbo de autoritarismo.

Enrique Toussaint


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