
El misticismo es una rebelión contra los poderes terrenales que la moral dominante sanciona muchas veces con el estigma de la locura. En las mujeres hindúes de la antigüedad, la voluntad de abandonarlo todo por una devoción ardiente requería un atrevimiento mayor aún, pues la tutela de los varones (padres, maridos, hermanos) impedía o castigaba con dureza cualquier tentativa de independencia. En La locura divina (Era, 2021), Elsa Cross ha seleccionado y traducido la obra de ocho poetas místicas de la India que podríamos considerar con toda justicia precursoras del feminismo, pues en aras de su fe, las más audaces desafiaron al patriarcado, a sus familias y al sistema de castas, para peregrinar de pueblo en pueblo recitando sus poemas. No se trata, por fortuna, de poesía para iniciados, pues cualquiera puede saborear estos diáfanos y apasionados juramentos de amor a la fuerza creadora del universo. Tanto el prólogo como el glosario allanan cualquier dificultad del lector, sin abrumarlo con disertaciones eruditas.
La más antigua de las poetas antologadas vivió en el siglo VI y la más moderna en el XVII, de modo que esta fascinante selección abarca un milenio de “religiosos incendios”, como diría Sor Juana. Ninguna de ellas escribió en sánscrito, la lengua oficial del hinduismo, monopolizada por la casta sacerdotal, que producía sesudos comentarios de Los vedas, pero no himnos de fervor exaltado. Liberadas de ese corsé, las místicas de la India se tuteaban con dios en sus lenguas locales, y tal vez por eso alcanzaron tal resonancia que, según informa Cross, sus poemas todavía se cantan en las escuelas y los graban cantantes famosos. “Sobre sus vidas se han escrito novelas, se han producido películas y series de televisión e incluso cómics para niños”. No debe extrañarnos el fuerte impacto de estos poemas en la religiosidad popular, pues su estela luminosa todavía conmueve a un lector profano del siglo XXI.
Las semblanzas biográficas de las autoras revisten tanto interés como sus versos. La gran poeta Akka Mahadevi (1130-1160) estaba casada con Kaushika, el rey de Karnataka, quien la escogió como esposa cuando era niña, ignorando que ella había jurado fidelidad a su esposo místico, el dios Shiva. Durante algún tiempo Akka cometió una curiosa forma de adulterio, pues adoraba en secreto a Shiva a escondidas del rey. Cuando el marido de carne y hueso pretendió alejarla de su rival incorpóreo ella lo abandonó. El despechado Kaushika le prohibió llevarse sus lujosos vestidos, pero Akka no se amilanó, y desnuda, o como ella misma decía, “vestida con la
luz de la mañana” se lanzó a una riesgosa vida de asceta errante, sumándose a un grupo de aguerridos devotos, los virashaivas, no muy distintos a las comunas
hippies de los años 60. Una mujer con ese temple de carácter no podía andarse con medias tintas en su ardiente idilio con Shiva, que refirió con una sinceridad erótica deslumbrante: “El hizo trueques con mi corazón,/ saqueó mi carne,/ reclamó mi placer como botín,/ tomó control sobre mí” se queja colmada de gozo, empleando con gran libertad las metáforas del amor humano. “Era como el placer de este mundo/ y el camino hacia el otro/, los dos/ viniendo hacia mí./ Al ver los pies del maestro,/ oh, Señor, blanco como el jazmín,/ comencé a valer algo”.
Akka no fue la única mística nudista de la India. También Lallesvahri (1320-1392) se echó desnuda a los caminos a los 24 años, huyendo de una suegra tiránica. Otras de las antologadas, en cambio, aceptaron vivir bajo el yugo de amos o maridos déspotas, para congraciarse con el verdadero amado. Convencida de que Dios es todo (“como a Dios, bebo en Dios, duermo en Dios”) la sirvienta Janabai (1265-1350) buscaba en las faenas domésticas un medio de purificación para unirse con Krishna: “Dejas atrás tu grandeza/ para venir conmigo/ a moler semillas/ y a pulverizarlas/. Oh, señor, te vuelves mujer/ y me lavas a mí y a mis ropas manchadas”. Convertir a Krishna en un compañero de humildes quehaceres, que incluso le ayuda a recoger estiércol, no significaba rebajarlo sino establecer con él una intimidad laboriosa.
La locura divina nos demuestra que la verdadera poesía no envejece, ni tampoco la intuición de lo sagrado. El vuelo filosófico de algunos poemas sapienciales contenidos en este libro sigue tan vigente como en el momento de su escritura. Tampoco ha caducado la idea de llegar al conocimiento de Dios por medio de la locura, una idea que las místicas hindúes compartieron con Santa Teresa. Desde hace muchos años Elsa Cross ha recorrido caminos paralelos a los de estas poetas. Continuación de una búsqueda interior emprendida en su obra de creación personal, la antología que ahora entrega nos abre las puertas de un continente literario inexplorado en lengua española.
Enrique Serna*
* Autor de El vendedor de silencio