Sociedad

A primera vista el local parece

A primera vista parece un local abandonado en el más remoto rincón del mercado. Pero usted solicite su mercancía y verá como de la nada surge Leoncio; el anciano, con la mirada como lejana, como perdida, extiende la mano con el producto solicitado, y así la mantiene hasta sentir que cogen el pedido y depositan sobre ella el dinero. 

Sólo entonces desaparece entre las sombras del local. Es uno de los fundadores del primer puesto que existió en lo que después se convertiría en el mercado San Martín. 

Los dueños de varios locales adquirieron cromos o estatuillas del santo jinete y, como cada mañana, al pie de la imagen colocan un manojo de alfalfa para que el corcel no pase hambre, y  también un recipiente con agua, para cuando la sed exija un buen trago del líquido vital.

Leoncio llegó al gran salitral, como tantas otras personas que emigraron del rancho a la capital del país, en busca de mejores condiciones de vida; se empleaba como peón de albañilería, y cuando el trabajo escaseaba consiguió que en el mercado le facilitaran un “diablito” donde cargar la mercancía; ofrecía a las amas de casa su servicio de transporte de carga y así obtenía lo necesario para comer y aportar parte de la renta por el cuartucho que con su primo Jessy compartía.

A Jessy los vecinos comenzaron a vacilarlo.

—Ese Jessy, ya era hora que formaras una familia. Ora nomás planifica, no vayan a traer hijos no deseados… Lo bueno que con el puesto del mercado, mal que bien sacas para vivir y de ahí podrás a mantener a tu machín…

—Chales —exclamaba el hombre—: no se manchen, que luego uno se encabrita y pueden ustedes irse con el hocico todo roto; no le busquen, les advierto, que por las buenas soy cuate, pero por las malas, les adelanto que se tengan en paz…

—No, pus sí se vale que cada quien haga de su vida un papalote y que cada quien se junte con su cada cual, cada res con su pareja, según su preferencia, y pus la tuya es esa y se respeta…

—Chales —repetía Leoncio, y añadía: —El que hambre tiene, en pan piensa. Búsquenle y hártense, que en gustos cada quien su preferencia…

Jessi, acostumbrado a las pesadeces de los otros locatarios, aconsejó a Leoncio actuar de igual manera: 

—Total: lo cábula no se les quita, y si les das alitas: se vuelan estos recarajos… Tú, a lo tuyo y punto. Son cargados, los compas. Más cuando están de ociosos. No peles y todos contentos.

Leoncio atendió el consejo de Jessi y se dedicó a aprender el negocio del abarrote. Poco a poco se habituó a las bromas y modos de sus compañeros comerciantes, conforme a los señalamientos de su compa:

–Si te llevas, te aguantas; te van a seguir cargando la mano hasta que aparezca otro nuevo a quien embromar. Ai tú dices…

Leoncio decidió ignorar las cábulas e imitar la parca actitud de Jessi. Se acomidió y ordenó la mercancía en los estantes, para facilitarse la vida.

–¿Cómo están las Hermanitas Coraje? Plis, una lata de sardinas y dos chescos, pa’ pasar bocado. Luego siguen de tórtolos o la casa pierde, ¿va?

–¿Frías o al tiempo, Chimichurri?

–¿Gélidas o al tiempo, mi buen?

–Bien muertas, tiesas por el frío. Y una bolsa de papuchas pa’ botanear. y ya luego se agarran otra vez de la mano, ¿va? 


Google news logo
Síguenos en
Emiliano Pérez Cruz
  • Emiliano Pérez Cruz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.