Sociedad

Soy tu premio mayor

Y comienza el año y las obligaciones, entre ellas la de comer. Camino a la fonda, el Rufles se encuentra con el Alienígena, quien sin mediar pretexto lo aborda y qué crees, carnalito: que de nuevo, en el baldío de la Sexta esquina con la Cuarta Avenida, de nuevo bajan platillos voladores; los vi: caminaba yo rumbo a la cena de navidad con mis hermanos y hermanas cuando vi un fuerte resplandor que salía de entre las escasas nubes y hacía menos a la luz de la luna, lunera, cascabelera; por pura precaución me escondí detrás del tulipán de Pelanchita, la mamá de Esperanza chica. Su follaje me permitiría echar ojo sin que notaran mi presencia. Miré que las nubes se abrían y un resplandor servía de resbaladilla a un bonche de enanitos con enaguas plateadas, que impedían ver si tenían pies o rueditas que les permitieran desplazarse sin ruido. Rufles lo interrumpió en seco, si ya le diste fuego a la cannabis, saca pa’ estar iguales o sésgate y déjeme pasar, que ya hace hambre. El Alienígena mete mano al viejo saco de pana que lo protege del frescor matutino y ofrece: lléguele a la bacha, está ponedora pero sin ninguna relación con el avistamiento de extraterrestres, y no creas que veo los programas del Maussan, que le pone mucha crema a los tacos, y ni así le creo lo que ofrece: y tampoco me había metido sustancia alguna que me acelerará las neuronas para llegar a galaxias que sólo los elegidos  frecuentamos; así que no creas que alucino. Miraba a esos seres y me sentí elegido para presenciar lo que pocos tienen chance de ver. Me asombraba que bajaran y caminaran por las calles de barrio como exploradores. Los perros callejeros, que en cuanto detectan algo ajeno a lo que diario perciben, ni en cuenta: seguían jugueteando unos y otros echados en los quicios, como si estuvieran acostumbrados a la presencia alienígena. Tras del follaje del tulipán me hipnotice con su ir y venir, yo creo que se apoderaron de mi conciencia, Rufles, te lo juro. Estuve tentado a pegar carrera hasta la vecindad, de donde escapaba la música que el Sonido Tracatraca llevó para amenizar el bailongo: la Santanera, la Matancera y sus Estrellas, y luego las rancheras de rompe y rasga; me hice a la idea de que los extraterrestres gustaban del guateque barrial,  moviendo la cintura y los hombros. Me di valor pa’ meterme la pachanga cuando vi a la Susan y a la Matusalén llegar con un pomo y dos cocas de las chanchas: me comedí a cargarles la bolsa y vas pa’ dentro, así dejaría de alucinarme y entrarle con fe a las chelas y cubas libres, de a gorrita café. La Susan ni un lazo me echó, en cambio la Matusalén a la de ya se colgó de mi brazo diciendo “de aquí soy, y ya veré si todavía sirves pa’ planchar y desarrugar”. Me atuve a la realidad, mi Rufles, y me salvé de arribar al 2026 encerrado en mi perrera de azotea. Chidos bailongos, alipuces generosos, pozole pa’ aplacar la lombriz y compañía para echar verbo, y de pilón la Matusalén, que cuando vio que ya iba sin decir adiós se me colgó del brazo diciendo: no compraste boleto, pero te sacaste la lotería: aquí toy, soy tu premio mayor. Y pus ni modo de hacerme el interesante y cambiar a la doña por alienígenas.


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Emiliano Pérez Cruz
  • Emiliano Pérez Cruz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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