Sentado a la mesa —entre funcionarios públicos— se comentó que la lealtad es la cualidad más importante para el servicio público. En parte tienen razón; el problema surge cuando esa lealtad se entrega de forma equivocada, casi siempre por conveniencia. En principio, todo servidor público protesta “guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen” (artículo 128 constitucional). El juramento presidencial es todavía más claro: “guardar y hacer guardar la Constitución (…) y desempeñar leal y patrióticamente el cargo” (artículo 87 constitucional). Y el artículo 109 impone sanciones para aquellos servidores públicos que, por acto u omisión, “afecten la legalidad, honradez, lealtad, imparcialidad y eficiencia que deban observar en el desempeño de sus empleos, cargos o comisiones”.
Del análisis de estos principios constitucionales se deriva una sencilla conclusión: no es posible ser leal a la Patria y, a la vez, deshonesto, parcial o poco eficiente; mucho menos violar la Constitución. Cuando el servidor público es testigo de un acto de corrupción y lo calla, no está desempeñando leal ni patrióticamente el cargo. Cuando una persona juzgadora altera los términos de la justicia para quedar bien con los poderes que le pusieron en el cargo, está actuando de forma ilegal, parcial, desleal y poco eficiente. Su servilismo responde a un solo interés: que le sigan dando chamba, a costa del deterioro institucional y democrático. La lealtad del funcionario es para con la Patria.
La lealtad mal entendida conduce inevitablemente al fanatismo. El ejemplo más claro se da en el ámbito de la religión. En su carta a los Corintios, el apóstol Pablo amonesta: “¿Qué, pues, es Pablo? ¿Y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído (…) Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Corintios 3:5-6). El creyente piensa que es leal a Dios cuando sigue ciegamente los consejos de “su enviado”, pero ¿qué pasa cuando el enviado se aparta de la doctrina plasmada en los textos sagrados? Abundan en las Escrituras ejemplos de enviados que se desviaron del camino. Hoy, muchos clérigos exigen lealtad antes de conceder ascensos en el escalafón con destino al cielo.