La dislexia política de nuestros tiempos está justificada. Hace treinta años, el politólogo italiano Norberto Bobbio advirtió: “Los derechistas y los izquierdistas dicen más o menos las mismas cosas, formulan, para uso o consumo de sus electores, más o menos los mismos programas, y se proponen los mismos fines inmediatos”. En resumen, Bobbio propuso desterrar la dicotomía izquierda-derecha del análisis político. Nadie le hizo caso.
Ambos extremos (si es que existen) persiguen el mismo fin, más allá de la retórica: perpetuarse en el poder, y, para lograrlo, son capaces de todo, incluso de hacer suyas las prácticas antidemocráticas con las que alguna vez fueron reprimidos. El libro Hampones, pelados y pecatrices. Sujetos peligrosos de la Ciudad de México (1940-1960), del Fondo de Cultura Económica, coordinado por Susana Sosenski y Gabriela Pulido Llano es —sin querer— sumamente ilustrativo al respecto.
En sus páginas encontramos, por ejemplo, que, entre los años cuarenta y cincuenta, existían en México distintas tonalidades de izquierda: lombardistas, renegados, comunistas… Mas, para los fines de la propaganda anticomunista empujada desde el Gobierno federal (por encargo de Estados Unidos), era mucho más práctico encasillarlos a todos bajo el término “lombardo-comunistas”. De esta manera, se vinculaba al líder obrero Vicente Lombardo Toledano con el “comunismo internacional”.
La historia es cíclica, pero también irónica. Hoy tenemos en México distintas tonalidades de oposición: PRI, PAN, Movimiento Ciudadano… Mas, para los fines de la propaganda morenista, todos esos partidos conforman el “PRIAN” o el “MCPRIAN”, según convenga. El nombre no importa realmente. “Lombardo-comunistas”, “prianistas”… “La Hermandad”, en la utopía negativa de George Orwell. El chiste es acabar con la pluralidad, primero a través de la narrativa, luego por imposición de la ley (la reforma electoral). Esta estratagema es antiquísima. El pueblo “bueno” está con la “transformación”, por lo tanto, cualquiera que se oponga al proyecto es considerado apátrida y no merece ser escuchado, aunque represente el cuarenta por ciento del electorado.
En 1942, estudiantes del Instituto Politécnico Nacional marcharon con dirección al Zócalo para mostrar al presidente Manuel Ávila Camacho su rechazo a la recientemente publicada Ley Orgánica de Educación Pública. La prensa (al servicio del poder) catalogó a los estudiantes de “comunistoides” (intento de comunistas) y atribuyó la movilización a una “mano siniestra” que “aprovecha de manera rotundamente criminal la inexperiencia de los jóvenes estudiantes para lanzarlos como grupo de choque”, recupera el estudio de Sosenski y Pulido Llano. Quienes sí se ganaron a pulso el mote de “comunistas” fueron los mineros de Coahuila, quienes, nueve años después, emprendieron la famosa “Caravana del Hambre”.
Al revivir estos pasajes de la historia mexicana es imposible no compararlos con las manifestaciones de nuestros días. El año pasado, previo a la marcha de la Generación Z, el Gobierno echó por delante a Miguel Elorza, “detector de mentiras” oficial, quien advirtió la existencia de una “mano siniestra” detrás de la convocatoria: el enemigo público número uno del régimen, Ricardo Salinas Pliego. Y detrás de él, por supuesto, la tan temida “derecha internacional”.
Es así como hoy la derecha, los “conservadores”, “prianistas”, “fachos”, “reaccionarios”, “fifís”… se han convertido en los “sujetos peligrosos” del primer cuarto de siglo, así como lo fueron los comunistas a partir de la década de los cuarenta. Cualquiera que se opusiera al Gobierno en aquel entonces era comunista. Hoy, cualquiera que se atreva a cuestionar al partido en el poder es “prianista”, aunque nunca en su vida haya votado por el PRI o por el PAN. Ese enemigo imaginario del pueblo mexicano que cambia de nombre de siglo en siglo no existe, pero su simple conceptualización sirve para ganar elecciones. Si algo hay que reconocerle a los obradoristas es su enorme capacidad para usar la historia a su favor, aunque esto signifique confrontar a los mexicanos.