Durante el Mundial de 2026, las calles de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey se han llenado de camisetas verdes, banderas, mariachi, cantos y celebraciones.
Es una fiesta deportiva, en la que detrás de cada símbolo miles de personas dicen quiénes son y qué les hace diferentes de otras nacionalidades.
Los rituales hacen visible esa identidad. Reunirse para ver el partido, cantar “Cielito lindo”, abrazar a desconocidos después de un gol o acompañar al equipo sin boleto transforma una experiencia individual en una emoción compartida.
Plazas, taquerías y calles se volvieron tribunas improvisadas.
También los objetos hablan. La camiseta, la bandera y los colores nacionales permiten reconocer a otros como parte de un mismo “nosotros”.
La hospitalidad también se vuelve una práctica identitaria. En videos de Instagram, turistas sorprendidos por el ambiente repiten frases como “amo a México” y destacan el recibimiento.
Otros reels muestran a mexicanos orgullosos de ver al país “abierto, alegre y recibiendo con calidez” a quienes llegaron de otros países.
Las notas de prensa narran escenas de convivencia entre mexicanos y coreanos e iraníes principalmente.
Comparten bailes, la euforia se desborda cuando vemos los “vuelos” de personas en medio de la muchedumbre, los festejos rompen la división entre locales y visitantes.
Este Mundial contribuye a construir identidad nacional, aunque permanece una pregunta incómoda: ¿qué tan sólida es la imagen de un México unido y hospitalario cuando, lejos de las cámaras y los estadios, muchas comunidades viven con miedo y dolor?
Esta imagen merece una mirada crítica.
La alegría, la solidaridad y la hospitalidad son reales, pero no pueden ocultar las desapariciones, la violencia y la desigualdad.
Tal vez la identidad no deba medirse solo por cómo celebramos ante el mundo, sino por cómo cuidamos a quienes viven en el país.
eiko.gavaldon@iberotorreon.mx