El conocimiento y comprensión del derecho es mi pasión; sin embargo, desde los primeros semestres de la carrera de Derecho me di cuenta de que jamás yo sería abogado, cosa que posteriormente confirmé con la práctica, que aunque poca, he tenido en litigios.
Si viviera de la abogacía tendría que ser muy selectivo en la selección de clientes. La consecuencia sería no ser bien visto por quienes, un abogado verdaderamente “chingón”, es el intrépido, capaz de brincarse todas las trancas en defensa de sus intereses.
Por supuesto hay abogados que sin ser intrépidos, basados en sus conocimientos y experiencia, son exitosos, pero de esta especie no hay muchos.
Soy de la idea de que no se vale que con el argumento de que “el derecho a la defensa es un derecho humano”, en el ejercicio de la abogacía se valga de todo: mentir, engañar, intrigar, maquinar lo más que se pueda a favor del cliente; nada de esto va conmigo, por eso me dedico a lo que el derecho debe ser, no lo que es, es decir, a la filosofía del derecho.
Como docente dedicado a la investigación en el área de las humanidades me preocupa la falta de una formación ética en los operadores del derecho, jueces y abogados, lo que trae como consecuencia el olvido del objetivo del proceso penal en el mundo civilizado, a saber: el esclarecimiento de los hechos, a fin de proteger al inocente, procurar que el culpable no quede impune y repare el daño (Artículo 20 de la Constitución).
Pero, contrario a estos propósitos, en la práctica jurídica lo que se hace, con raras y honrosas excepciones, no es buscar el esclarecimiento de los hechos, sino más bien, en los casos de que estos incriminan al cliente, tergiversarlos, maquinarlos...
“Condúcete con la verdad en los litigios –dice cándidamente un ‘Decálogo del abogado’ de una de las más de 50 asociaciones de abogados que hay en Nuevo León–, con excepción de cuando se trate de defender los intereses de tu cliente”.
Viene a cuento lo anterior por dos casos paradigmáticos de los últimos días; uno es el del defensor de Genaro García Luna, el abogado César de Castro, quien como estrategia defensiva, sin que en el proceso se hubiera mencionado al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, involucra su nombre para tratar de inducir a “El Rey Zambada” a que caiga en contradicción para restarle credibilidad a lo que como testigo había manifestado ante el juez.
“¿Recuerda haber hablado de que le pagó a Andrés Manuel López Obrador siete millones de dólares?”, preguntó el referido abogado a “El Rey Zambada”. A lo que éste respondió: “Sí, recuerdo que a él le pagué un dinero (es decir a Gabriel Regino); pero no para López Obrador”. Y al insistir con esta misma pregunta, “El Rey Zambada” respondió categóricamente: “No podría haber dicho eso porque no es cierto”.
En México esta pregunta que hizo el defensor de García Luna no puede ser calificada de legal, y no creo que en los Estados Unidos sea diferente, porque no tiene relación con los hechos que se investigan; ahora bien, haberse planteado esta pregunta sí puede constituir un delito, o por lo menos una falta administrativa.
Cosa diferente es la del imputado, cuyas mentiras manifestadas en el proceso no pueden estar previstas como delito, ya que a él le asiste los derechos a no autoincriminarse y a la defensa, ambos considerados derechos humanos.
La situación del abogado es diferente, pues aunque su voz es la voz del imputado en el juicio, el derecho a la defensa es del imputado, no del abogado; así que este sí está obligado a un comportamiento regulado por el derecho y la ética profesional.
El otro caso es el del empresario Ricardo Salinas Pliego, quien acostumbrado a generar escándalos en las redes sociales, la última de estas bullas fue haber dicho, con relación a un juicio laboral que perdió: “Felicidades a cualquiera que vaya a juicio y gane… bien merecido, me va a llevar 1.3 minutos de mi vida recuperar esos $750,000 pesos, posiblemente en lo que termine de escribir este tweet”.
Pero, ¿por qué no reconocer a un trabajador sus derechos laborales, porque tuvo que irse a juicio?, preguntó uno de los participantes en el duelo de Twitter. A lo que Salinas Pliego respondió: “Porque es mi derecho a la defensa”.
¡He ahí el problema! El derecho a la defensa sirve para todo, sobre todo en materia laboral y derecho penal, despedir a un trabajador para presionarlo a que se desista de sus derechos laborales, llenar toneladas de expedientes de mentiras, tergiversaciones de los hechos, fingir ignorancia…
Efrén Vázquez Esquivel