En 2005 David Foster Wallace pronunció ante los estudiantes de Kenyon College una conferencia titulada “Esto es agua”. Con los años adquirió un estatus de culto, circuló libremente por internet, y fue publicada como libro póstumo, luego de que Foster Wallace se quitara la vida ahorcándose, en 2008. Releyéndola a la distancia, si por un lado tiene un innegable toque de sabiduría new age, también contiene algunos rasgos que aunque pueden resultar elementales (él mismo así los define), con la degradación y la virulencia que ha adquirido la discusión pública en estos casi 20 años transcurridos, parecen radicales y pertenecientes a un tiempo muy ajeno al nuestro.
Ello porque por básico que parezca, uno de los ejes principales de la charla se ocupa, ya no digamos del ejercer la facultad del pensamiento crítico sino, incluso un paso más atrás, del espectro de lo que admitimos someter a consideración, opuesto a movernos sobre certezas donde está ya predeterminado aquello que se piensa sobre un tema específico: “…aprender a pensar en realidad significa cómo ejercer cierto control sobre cómo y qué se piensa. Significa ser consciente y estar alerta para elegir a qué se pone atención, y elegir cómo se construye un significado a partir de la experiencia (…) Piensen en el viejo cliché sobre cómo ‘la mente es un gran sirviente, pero un terrible amo’”. En otro momento afirma que el pensamiento sirve para: “Ser un poco menos arrogantes. Tener un poco de conciencia crítica sobre mí mismo y mis certezas. Porque un alto porcentaje de aquello de lo que en automático estoy seguro, resulta que está totalmente equivocado y extraviado”.
Si lo trasladamos a nuestra actualidad, parecería que entre más convulsiones y violencia exhibe la realidad, mayor es la capacidad para comentarla ya sea en redes sociales, medios de comunicación masivos, o discursos políticos, a partir de máximas y certezas que, como han señalado teóricos contemporáneos como William Davies o Renata Salecl, a menudo tienen más que ver con lo emocional. Pues el actual clima de polarización maniquea donde en casi cualquier tema de relevancia pública la discusión se da entre bandos en competencia, convencidos casi siempre no sólo de tener la razón, sino de contar con la prerrogativa de la superioridad moral, produce casi siempre un pensamiento de tribu, donde siquiera considerar la existencia de algún punto de vista distinto se vuelve, literalmente, impensable.
Quizá de ahí que los adjetivos denigrantes, las comparaciones históricas simplonas y los insultos sean ya parte tan cotidiana del análisis y la discusión. Pues parecería que lo atroz de un fenómeno lo despoja en automático de cualquier complejidad. Así, la dicotomía repudio absoluto/alabanza ciega se convierte en la categoría básica de análisis, dotándonos de una zona de enunciación segura, donde resulta extrañamente reconfortante por ejemplo pensar que Putin es el actual equivalente de Hitler, y así evitar –sin que hubiera necesidad de renunciar a juzgar lo atroz de la invasión y el enorme daño y destrucción que produce–, también sopesar la hipocresía estadunidense, u occidental en general, como factores determinantes del conflicto. (¿No invadiría de inmediato Estados Unidos a México si intentáramos unirnos a una alianza militar contraria a sus intereses?) Pues así como los peces de la parábola del discurso de Foster Wallace no saben qué es el agua, a fuerza de estar inmersos en ella, nuestros filtros ideológicos nos parecen tan evidentes por sí mismos que cuesta mucho trabajo prescindir de ellos, así sea por unos instantes.
Eduardo Rabasa