Es una tautología afirmar que vivimos en una época predominantemente narcisista, donde el yo se coloca en el centro de la palestra, y una buena parte de la vida pública de ese yo autoconstruido se dedica a mostrar y narrar las aventuras, logros y emociones de ese pequeño microcosmos en perpetua exhibición que es uno mismo. Sin embargo, una de las vertientes más notorias de dicho narcisismo es la entronización de la categoría de víctima, y ello en una época donde de manera escalofriante, un simple vistazo a las noticias arroja una cantidad inmanejable de historias de víctimas de situaciones sumamente extremas. Pero en general la democracia de la victimización abole todo matiz de la desventura, y el dolor o la emoción producida por cualquier suceso parecería equiparable con otros que, al menos vistos desde fuera, parecerían más graves. Se produce así una inversión de los valores similar a la que Nietzsche señaló en El nacimiento de la tragedia, sólo que en ese caso con el tema de la culpa, y en cambio ahora un fenómeno muy duro, doloroso e indeseable como es el ser víctima de algo, adquiere una suerte de valor positivo, casi como un trofeo a presumir, o al menos una insignia que lo vuelve a uno parte del club de los que públicamente sufren.
La magnífica película noruega Enferma de mí, del director Kristoffer Borgli, aborda en un registro entre grotesco y de humor negro este fenómeno, al contar la historia de una pareja de narcisistas: Thomas, un pseudoartista en ascenso (y cleptómano) y su novia Signe, quien desesperada por atención encuentra unas pastillas que le causan una grave enfermedad en la piel, que la va deformando e incapacitando, al tiempo que le da la fama y la atención que tanto anhela. Se trata obviamente de una historia de grotesca parodia, pero muy precisa en cuanto al mecanismo fundamental del narcisismo (trastorno de carácter muy vinculado estadísticamente con la hipocondría), pues es tal la necesidad de atención incesante, que si no ha de ser obtenida por medios socialmente reconocidos (arte, dinero, poder), entonces se busca por medio del daño y la destrucción, ya sea a los demás, o en el caso de la película, incluso a uno mismo.
Un poco haciendo eco del nombre del último disco de los Strokes, The New Abnormal, Enferma de mí presenta de manera totalmente congruente y creíble una situación límite que sin embargo resulta estar en total sintonía con la época y la realidad que vivimos, donde el yo se ha convertido cada vez más en una industria a rentabilizar, incluso cuando sea necesario que, a falta de otra capacidad o talento, suceda por la vía del odio o de lo grotesco (cuántos influencers u opinadores públicos con gran número de seguidores no se construyen a partir de expresiones denigrantes hacia verdaderas víctimas de opresión, o pertenecientes a muchas minorías). Sólo que en el caso de Signe su propio cuerpo se convierte (al igual que sucede con las demás personas para los narcisistas) en una extensión narcisista del yo, por lo que también es sujeto a ser lastimado con tal de procurarle a su trastornada psique la ansiada satisfacción de ser el centro de atención, incluso por razones que para cualquier persona no tan inmersa en esta patología serían algo negativo, como es la destrucción voluntaria del propio cuerpo, que como deja claro el filme, inevitablemente lleva también a la destrucción de la propia alma.