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Martes , 19.02.2019 / 18:18 Hoy

Columna de Edmundo Font

Ella fue mucho más que una inspiración

Edmundo Font

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Marie-Jo acompañada por Mario Vargas Llosa. (Foto: Jesús Quintanar)

...Amar es despeñarse/ caer interminablemente,/ nuestra pareja/ es nuestro abismo...
“Carta de creencia”,
Octavio Paz

Me han dicho que en Río de Janeiro hay innumerables túneles, ¿es verdad? —me preguntó Marie-José Paz al desembarcar en el aeropuerto que hoy se llama Antonio Carlos Jobim. Le respondí que, en efecto, que eran tantos como dos docenas en esa compleja geografía que desemboca en la bahía de Guanabara, pero atajé su aprensión presumiendo conocer las rutas, casi secretas, sobre los morros de esa “ciudad maravillosa” donde fue muy feliz don Alfonso Reyes no solo en el eslogan turístico.

La esposa de uno de los poetas que más he admirado se sintió aliviada. Eso sí, me cuidé de precisar que los riesgos que correríamos serían dos: multiplicar los kilómetros en cada trayecto que haríamos entre acantilados de piedra tallada sobre las playas del paisaje más prehistórico de América del Sur, y correr un relativo peligro, afortunadamente no tan agudo como el de hoy: circular con una proximidad azarosa frente a las célebres favelas, que han pasado de la imagen romántica que nos pintó Stefan Zweig, a la amenaza mortal que representan los tiroteos cotidianos de hoy.

A partir de este detalle, resuelto a quien temía a las oscuras y prolongadas galerías del Rebouças, Rio Cumprido-Laranjeiras o Santa Bárbara, y que además reveló una suerte de Río de Janeiro a vuelo de pájaro, la relación con Marie-Jo se fue volviendo entrañable. En varias ocasiones el embajador Paz —así le llamé siempre— llegó a decirme por teléfono: “Lo dejo, porque Marie-Jo me está arrebatando el auricular para contarle algo”.

Años más tarde, ya fungiendo como cónsul general de México en Barcelona, tuve la fortuna de compartir un fin de semana con los Paz. Fuimos invitados por el presidente de la Generalitat a un homenaje al poeta y editor Carlos Barral, cerca de Tarragona. Marie-Jo, en el asiento del copiloto, y Paz en el de atrás, se enfrascaban en litigios de pareja motivados por no prestar la debida atención al paisaje; con ella nos enfrascábamos en una discusión cualquiera, mientras él pedía que se prestara la debida atención a los pinos de las prodigiosas colinas y al azul del Mediterráneo. En ese  y otros viajes juntos por la Cataluña profunda, y frente a motivos inspiradores de vitrinas extrañas, muros descascados y objetos encontrados en la calle, tuve que mediar entre el asombro fotográfico de Marie-Jo, que pepenaba imágenes para sus collages, y un Octavio Paz que cuidaba con esmero, pero impaciencia, los horarios de los compromisos.

Durante la cena dedicada a la memoria de Carlos Barral en la Pineda, Vila Seca, me tocó sentarme al lado de Marie-Jo, y entre discursos y silencios oficiales me reveló detalles de su prodigioso reencuentro en los años 60, después de su rompimiento amoroso en India, que consideraban definitivo. Los detalles tienen visos de milagro surrealista. Octavio Paz estaba de paso en París porque iba a recibir un destacado premio de poesía en Ámsterdam. Sentado en el vestíbulo de su hotel y descansando la vista del periódico que estaba leyendo, vio pasar a Marie-Jo rumbo a un laboratorio fotográfico. Le dio alcance y ya no la dejó nunca. Es bueno pensar que el ánimo creativo de Marie-Jo, autora de bellísimos collages, les había puesto de nuevo en una ruta trascendente y definitiva de su destino. Llegué a decirle que estaba convencido de que sin ella la poesía de Paz, no solo en la vertiente erótico- amorosa, no hubiera sido la misma. Marie-Jo me respondió: “Tal vez, ¿pero sabes de quién ha sido Paz total deudor en el tema?”. Y agregó: “De Proust”.

En el centenario de Paz, en abril de 2014, Marie-Jo tuvo la generosidad de sentarnos a mi esposa y a mí en la mesa principal de la cena conmemorativa; entre ella y Veronique había más tela que cortar que la de haber sido ambas de nacionalidad francesa. Tuve el privilegio de ser embajador en Nueva Delhi y de haber conocido también allí a mi mujer. Viví varios años en la misma residencia que ellos habían alquilado: un búngalo de Liuthens. Paz me reveló que a esos portentosos jardines de Pritiviraj 13 los consideraba “metafísicos”. Era de esperarse: allí, bajo las frondas de un sagrado Nim, se había casado con Marie-Jo, la mujer que, en sus propias palabras, fue lo mejor que le había ocurrido en la vida.
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Embajador de carrera en activo, cónsul general de México en Barcelona de 1992 a 1995.

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