Primer round
Al escritor Guillermo Fadanelli le habían dicho que Samuel Noyola era buen poeta, pero no lo había leído ni lo conocía en persona.
Cierta noche lo inquietó una voz y unos golpes irrumpiendo en la ventana de su antigua casa de la calle San Jerónimo, Centro Histórico del ex DF.
“Mis amigos saben que no pueden visitarme, a no ser que me llamen antes, porque no les abro, y de pronto escucho unos golpes en la ventana. Golpes más que indiscretos y yo, que soy algo paranoico, más bien miedoso, sobre todo cuando no conozco a la gente, me atranqué, hasta que escuché el grito: ‘¡Fadanelli, ábreme, soy Samuel Noyola!’, pero yo no recordaba quién era Samuel Noyola”, cuenta el narrador mientras tomamos unas cervezas en La Faena, una cantina capitalina.
“Samuel estuvo durante media hora gritando: ‘ábreme, soy Samuel Noyola’. Créeme que nunca voy a olvidar ese grito que se queda en el ánimo, en la memoria. Después me enteré que había sido Enrique Blanc y otros amigos de Guadalajara quienes le habían dicho que yo vivía ahí y él les había respondido: ‘pero si yo soy gran amigo de Fadanelli y además él me admira’, lo cual no era cierto, porque te digo que yo no lo conocía ni tampoco lo había leído”.
—¿Y qué pasó cuando lo leíste?
—Una magnífica poesía, muy ligada al humor y al temperamento de los escritores que a mí me interesan, pero antes de ese momento solo era un hombre cualquiera.
Segundo round
Tiempo después, Fadanelli presentó en el Museo de las Culturas, en Coyoacán, la novela Santa María del Circo, del escritor regiomontano David Toscana.
“Llegó Samuel: un tipo imponente y fue la primera vez que lo vi de manera completa. Yo llevaba un abrigo de peluche rosa y un código de barras de esos que pegan en la ropa y él llega y me dice: ‘Guillermo, ¿cómo estás?’. Y me abre los brazos.
“Pues yo soy honrado, no soy político, y le dije: ‘¿y tú quién eres?’.
“Y se molestó mucho, porque además estaba enfrente de Toscana, Mónica Lavín y no sé quién más, entonces me dice: ‘soy Samuel Noyola’. Y recordé el grito y le digo: ‘¡ah, el poeta, qué gusto conocerte!’.
“Pero él ya estaba enojado porque yo no había hecho una genuflexión y me había lanzado a sus pies, entonces me dice: ‘quiero ver si eres un farsante’. Después de eso me quiere arrancar el abrigo rosa de peluche para ver si tengo los picos en los brazos, si me inyectaba heroína. Me dice: ‘quiero ver si te inyectas heroína’ y, bueno, a mí no me gusta en general que me toquen (cuando me hagan la autopsia habrá problema, seguramente reviviré), entonces le di un empujón, él regresa y no se atrevió pegarme, pero si me quitó el código de barras y me lo puso en la frente.
“Yo tuve dos reacciones. Una, le quería dar un golpe terrible, y otra, tenía mucha risa: era un gesto de sarcasmo de su parte el ponerme el código de barras en la frente: ‘tú eres producto de la mercadotecnia” y entonces yo me quito el código de barras y el abrigo y dije: ‘pues ahora a ver de a cómo nos toca’.
“Pero él dice: “no, Guillermo, es todo una broma’.
“Ya se había puesto también Mónica Lavín en medio y les dije: ‘oigan, ¿no les parece una majadería?’.
“Después de eso desapareció de esa noche mi querido Samuel, pero ese gesto mínimo de desgarro, agresivo, de picardía y de provocación, se me quedó muy grabado”.
Tercer round
La tercera vez que Fadanelli supo de Samuel fue después de una escaramuza entre Noyola y el escritor Carlos Martínez Rentería.
“Noyola siempre andaba sin dinero, pranganeando como se dice, buscando ganarse la vida. Entonces entra en un problema con Carlos —que tampoco cantaba mal las rancheras— y lo amenazó. Me contó que lo había ido a amenazar Samuel, y yo le dije: ‘la próxima vez que venga Samuel, me lo detienes, porque él y yo nos debemos una pelea’. Eran mis tiempos salvajes, ahora soy un caballero, casi un valet parking que nunca chocará a otro auto.
Cuarto roundFadanelli volvió a ver a Samuel en Casa Lamm, durante la presentación de un libro de Leonardo Da Jandra.
“Leonardo ejercía algo parecido a lo que yo ejercía sobre Samuel: una especie de camaradería o fraternidad sin ambigüedades. Te debe parecer primitivo que lo diga, porque la violencia debe ser el último recurso o debe estar borrada de nuestro horizonte, pero Samuel siempre te provocaba, y tanto Da Jandra como yo podíamos con él, y sin embargo percibíamos, o al menos yo —espero que Da Jandra también— un alma de niño, una especie de orfandad metafísica, así le diría yo, y de pronto encontré en él una persona nobilísima, un niño dispuesto a la charla, a confesarte los odios contra su padre, su vida difícil.
“Además, con Da Jandra tenía la particularidad de que Leo, siendo tan viejo (no viejo pero le llevaba 20 años), le daba consejos, consejos de padre porque Leonardo siempre tiene esa palabra de predicador y sacerdote, y Samuel se sentía muy cómodo junto a alguien que lo quisiera llevar al buen camino.
“Pero el buen camino y Samuel Noyola estaban divorciados desde que nació, por eso sus buenos poemas, y entonces hicimos una buena amistad, de personas que no fingían, ni estamos haciendo política, ni queríamos un lugar en la literatura, nada, y creo que nació una solidaridad importante y recuerdo que en este lugar en Álvaro Obregón, Casa Lamm, ahí estaba la izquierda exquisita, estaban las señoras copetudas dándonos la bendición de la cultura y el dinero de sus maridos y en fin, estaba lleno ahí y en eso aparece la sombra de una figura recia: Samuel, y nos pone en la mesa una botella de Tonayán, una cosa horrorosa y yo de inmediato di un trago y le dije: ‘gracias, Samuel, que apareciste en el momento adecuado’.
“A partir de ahí, ya tuvimos una paz perpetua”.
Este texto forma parte de la serie periodística itinerante “Samuel Noyola: Retrato de un desconocido”.
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