Aunque inclusive el Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (Conapred) se pregunte si existe racismo en México, y considere al respecto —según palabras de su propia titular, Mónica Maccise— que hay lugar para “posturas disonantes”, parece necesario discutir sobre lo evidente: la riqueza, el prestigio y el poder se distribuyen también de acuerdo con criterios raciales.
Se trata de un problema tan normalizado que suele emerger nuevamente cuando se comete en público un acto de discriminación que parece sacado de tiempos peores o cuando sucede a la vista de todas y todos un episodio como el sucedido con George Floyd, por supuesto, en un país como Estados Unidos.
Naturalizamos que las diferencias humanas existen y per se, sin cuestionamientos, que en esa ruleta unos resultaron menos afortunados. El distanciamiento del racismo y la ausencia de discusión ha puesto a nuestro paternalismo para tratarlo, por encima de la verdadera dimensión del problema. En México, el color de piel es un atajo efectivo para ubicar a las personas en la jerarquía social: las personas indígenas (con tonos de piel oscuros) tienen cuatro veces más probabilidad de vivir en pobreza [Gerardo Esquivel, 2015], y una probabilidad casi seis veces menor de alcanzar la educación superior [Solís, Lorenzo y Güémez, en prensa] que las personas no-indígenas.
Con frecuencia confundimos el no ser racista con actitudes condescendientes que no contradicen prácticas estructurales. Nos lavamos la consciencia cuando “permitimos” que la trabajadora del hogar comparta nuestra mesa. No buscamos transformar el sistema, o al menos cuestionarlo, sino exonerarnos del temido calificativo de racista.
Y en esta discusión no se trata de ser “amable y buena onda” con la doña del mercado, sino de reconocer que el sistema político, social y económico le sigue dando a las personas blancas o mestizas el poder de decidir quiénes tienen derecho a qué y qué lugar pueden ocupar en esa distribución. Basta con darle una mirada a nuestra clase política, al sector empresarial, o a quienes le ponen la cara a las pantallas de televisión y las revistas, para darnos cuenta de que en nada se parecen a las grandes mayorías; el racismo atraviesa relaciones de poder y privilegio.
Dirán algunas que algunos no quieren un México de innovadores/ingenieros/programadores, sino uno de sembradores de Macuspana, o que los resentidos sociales queremos un México de puros Gibrán y Chocoflán. Y es una lástima que para esos amplificadores del racismo y el clasismo existan cientos de espacios, hasta en las mismas instituciones del Estado.
Pero mientras unos continúan su cruzada por el status quo, no olvidemos que George Floyd no es el único; recientemente, Anderson Arboleda, un afrocolombiano de 24 años fue asesinado por la policía de ese país tras provocarle muerte cerebral por salir a la calle en cuarentena; Giovanni López, jaliscience de 30 años de edad, también fue asesinado por efectivos estatales por no llevar cubrebocas. Muy seguramente, otra suerte habrían corrido con la tez más blanca o al vivir en otro lugar más acaudalado de su ciudad.