La nueva escalada verbal entre Daniel Noboa y Gustavo Petro no es un simple desacuerdo diplomático ni una discusión por un operativo militar “fallido”. Lo que está ocurriendo en la frontera entre Ecuador y Colombia vuelve a mostrar el uso del miedo y de la guerra como forma barata de hacer política. Pero no solo eso. También abre la posibilidad del uso de la tensión militar para comprar tiempo frente a la crisis interna ecuatoriana y, al mismo tiempo, para incidir en las elecciones en Colombia.
Las denuncias de Petro son muy preocupantes. Habla de artefactos explosivos, de decenas de víctimas, de “27 cuerpos calcinados”. También afirma que algunos bombardeos detectados en la zona no corresponderían ni a grupos armados ni a la propia fuerza pública colombiana. Más allá de lo que determinen las investigaciones, lo cierto es que estas declaraciones reflejan una región que vuelve a entrar en un escenario de incertidumbre y militarización.
Pero para entender lo que pasa en la frontera hay que mirar primero lo que ocurre dentro de Ecuador. El gobierno de Noboa enfrenta un desgaste estrepitoso. La economía no mejora, la inseguridad es el pan de todos los días y el respaldo político con el que llegó al poder continúa debilitándose. En ese contexto, endurecer el discurso, señalar enemigos y gobernar en clave de guerra se convierte en una estrategia redituable para recuperar control y postergar los costos políticos de su pésima gestión.
La declaratoria de “conflicto armado interno”, la ampliación del papel de las Fuerzas Armadas y la narrativa permanente contra el “narcoterrorismo” no solo buscan combatir al crimen. También están configurando un escenario donde la oposición política es señalada, investigada o estigmatizada. Cuando todo se explica como una guerra, discrepar empieza a parecer sospechoso. Esto no es nuevo en América Latina. Cada vez que los gobiernos instalan la idea de que el país vive bajo amenaza permanente, el debate democrático se estrecha y las decisiones excepcionales comienzan a normalizarse.
En ese mismo sentido debe entenderse la reciente suspensión de la Revolución Ciudadana por nueve meses. La exclusión de la principal fuerza opositora del escenario electoral no solo evidencia el clima de persecución política permanente, sino también el temor de Noboa a disputar el respaldo popular en condiciones democráticas.
Tampoco es casual la coincidencia con el lenguaje de la ultraderecha colombiana. Durante años, el uribismo construyó poder presentando el conflicto como una lucha total contra el “narcoterrorismo”, una categoría lo suficientemente amplia como para incluir no solo a actores armados, sino también a adversarios políticos. Hoy ese mismo discurso vuelve a tomar fuerza en un momento electoralmente álgido para Colombia, lo que hace inevitable preguntarse a quién beneficia una escalada regional de la tensión. No por nada la seguridad se ha convertido en el tema central de la disputa electoral colombiana, desplazando otros debates urgentes y ordenando la conversación pública alrededor del miedo, la militarización y la promesa de mano dura.
A esto se suma un elemento que no puede ignorarse. Ecuador hace tiempo dejó de construir una estrategia propia de seguridad. Más bien ha adoptado, sin matices, doctrinas impulsadas desde Estados Unidos basadas en la militarización y en la lógica de la guerra permanente. No es una política pensada desde las causas sociales de la violencia, sino una respuesta importada y en inglés, como le gusta a Noboa, que vuelve a colocar a la región dentro de esquemas de extrema dependencia.
La pregunta entonces es inevitable. Si Estados Unidos ha sido capaz de incidir de manera directa o indirecta en procesos políticos recientes de la región, ¿por qué no podría estar intentando influir ahora en el escenario colombiano? ¿Por qué no pensar que gobiernos alineados con esa agenda de seguridad, como el de Noboa, pueden convertirse en piezas funcionales de un tablero geopolítico más amplio?
La tensión en la frontera es un combustible perfecto dentro de una narrativa regional de guerra que fortalezca electoralmente a sectores conservadores en Colombia y que, al mismo tiempo, le permita al gobierno de Noboa desplazar la atención sobre su propia crisis interna. No parece casual que el lenguaje de guerra, las operaciones militares y la escalada diplomática coincidan de forma tan conveniente y tan precisa con los calendarios electorales de su vecino país, precisamente, cuando la izquierda lidera las encuestas.