Encontré a Lorena Gutiérrez entre pasillos de la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, buscando historias ligeras, encontré a una mujer de mirada fija y cansada, pero de una fuerza tectónica, su discurso me interceptó sin querer. No buscaba reflectores; buscaba justicia, y el cine se le había atravesado en el camino como una tabla de salvación.
La entrevisté porque, en medio del relato del feminicidio de su hija Fátima, su voz no temblaba. No era la voz de la derrota, sino la de una guerrera que aprendió que el sistema la iba a traicionar. Me impactó su determinación, una mujer que sin saber de guiones ni cámaras, se volvió cineasta para hacer lo que fiscalías y tribunales le negaron y revivir el horror más grande de su vida alzando la voz con la intención de hacer que más sean escuchadas.
Eso fue lo que más me conmovió, verla extendiendo la mano. Lorena no sólo habla de Fátima; escucha a otras madres, las abraza, camina con ellas. Su colectiva Varinia es un cuerpo resiliente que desafía la indiferencia.
La historia Fátima, aquella niña de 12 años —violada y enterrada por tres vecinos en Lerma, Estado de México—, no quedará en el olvido. Para entender la lucha de Loerna, hay que detenerse en el horror de aquel 5 de febrero de 2015.
Fátima Quintana Gutiérrez, 12 años, vivía una vida tranquila y feliz en Lerma, Estado de México. Tres vecinos —Misael, Luis Ángel y "El Pelón"— la interceptaron. En cuestión de horas, la violaron, la asesinaron y la enterraron para ocultar el crimen.
La sentencia fue una burla. La familia sufrió amenazas de muerte, corrupción, negligencia institucional y desplazamiento forzado. La Suprema Corte los reconoció como víctimas y ordenó reparación integral, pero el gobierno estatal no ha presentado ninguna propuesta.
Que “Querida Fátima” haya arrasado en el FICG 2026 con el premio Mezcal a Mejor Película Mexicana, Mejor Dirección y hasta el Premio del Público no es un triunfo menor, pero es agridulce. Porque ese premio magnifica una realidad muy dolorosa en México. Las niñas siguen caminando solas, los feminicidios son una pandemia.
Lorena ganó un galardón, pero los que sabemos su historia, ganamos una lección y es que mientras haya madres que tengan que volverse cineastas para ser escuchadas, algo sigue profundamente roto.