No tiene nombre. No tiene una forma definida. Pero está ahí, en las profundidades del Arroyo Seco, esperando.
Si el cineasta tapatío Guillermo del Toro viviera en las orillas de Tlajomulco o Tlaquepaque, si se asomara cada mañana a ese canal de agua negra, tal vez encontraría a un monstruo más aterrador que el que construyó con tornillos y vendas para ganar tres premios Oscar el pasado fin de semana.
Este monstruo tapatío brota de las tuberías clandestinas, tiñe el agua de matices ocre y verde, apesta a químicos, óxidos y supone enfermedad.
Los números son fríos, pero duelen: el 30 por ciento del agua que corre por el Arroyo Seco es residual, es drenaje, es veneno.
En marzo de 2026, mientras el mundo aplaudía la visión artística del cineasta tapatío, el gobierno de San Pedro Tlaquepaque detectó cinco descargas irregulares en ese cauce. Tomas clandestinas de entre 6 y 8 pulgadas de diámetro. No son conexiones caseras, advierten las autoridades. Son industriales. De fraccionamientos enteros. De desarrollos habitacionales que decidieron, simplemente, que el arroyo era el lugar perfecto para esconder sus desechos.
El agua corre. Pero no es agua. Es una sopa química que luego se mezcla con el canal del SIAPA, el sistema que lleva agua "potable" a miles de hogares de la Zona Metropolitana y que ha quedado a deber tanto.
Este monstruo no mata de golpe. Mata despacio. Con paciencia.
Primero puede atacar a la piel: erupciones, ronchas, comezón que no se quita con nada. Luego a la boca: dientes que se pudren, encías que sangran. Finalmente al estómago: diarrea interminable, deshidratación, niños que van y vienen del consultorio sin que nadie entienda por qué.
En más de 170 colonias de la ZMG, el agua llega turbia, con olor diferente, con colores raros. La gente la hierve, pero bien dice Héctor Raúl Pérez Gómez, secretario de Salud en Jalisco, que ni así es buena para beber.
El Arroyo Seco tiene 12 kilómetros dentro de Tlaquepaque. Empieza en El Mante y termina donde se encuentra con el antiguo canal del SIAPA. Durante el recorrido, las autoridades han encontrado de todo: llantas, basura, residuos sólidos, y ese 30 por ciento de agua que no debería estar ahí.
Pero lo más inquietante es lo que no se ve. Los inspectores han documentado descargas que brotan de tuberías escondidas, conectadas quién sabe dónde, alimentadas por fraccionamientos enteros que deciden ahorrarse el costo de tratar sus aguas. Y cuando llueve, el monstruo crece. Se desborda. Llega más lejos.
En semanas recientes, tres de esas cinco tomas aparecieron taponeadas. Nadie sabe quién las cerró. Así nomás, como si nada, alguien llegó y las selló en lo oscurito. Las autoridades investigan, pero mientras tanto, el arroyo sigue ahí, respirando, esperando.
Hoy el agua en Jalisco suena a ese monstruo que Del Toro no necesitó inventar, ni siquiera en la cinta La Forma del Agua.
El director tapatío ha dedicado su vida a filmar monstruos; este que hoy nos aqueja no tiene colmillos ni garras. Es peor, atemoriza más. Contamina el agua, esa que debiera darnos vida.
En su versión de Frankenstein, cinta que volvió a encumbrar a nuestro cineasta más laureado, la criatura es un ser inocente, abandonado por su creador, condenado a vagar por un mundo que le teme sin entenderlo. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, el monstruo es el agua misma: una sustancia que debería dar vida y que, en cambio, la quita lentamente.
El problema es que a diferencia de la película, aquí no hay final feliz. No hay redención. No hay un abrazo que cure todas las heridas. Y tampoco se ve solución fácil.
Aquí el monstruo sigue ahí, en el fondo del arroyo, creciendo, esperando la próxima temporada de lluvias para salir a buscar nuevos cuerpos que enfermar. Nuevos estómagos que retorcer. Nuevas pieles que quemar.
Y mientras las autoridades juegan al gato y al ratón con las descargas clandestinas, mientras tapan unas y aparecen otras, la gente sigue abriendo la llave con miedo. Sigue preguntándose si hoy el agua vendrá clara o turbia. Si hoy podrán bañarse sin que les salgan ronchas. Si hoy podrán darle de beber a sus hijos sin sentir que les están dando veneno.
Ese es el verdadero terror. Ese que no necesita pantalla gigante. Ese que convive entre nosotros, en el arroyo de agua contaminada.