Hay momentos en los que una exposición deja de ser solo una exposición. Ocurre cuando el contexto —la calle, el polvo, el vidrio roto, el grito— se cuela por las rendijas del museo y se sienta, sin invitación, en medio de la sala. Eso es justo lo que está pasando ahora en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, donde el diseñador de arte Eugenio Caballero —el genio detrás de la construcción visual de El laberinto del fauno, de Roma y de tantas otras películas que nos han enseñado a mirar— presenta su obra. Pero el museo llega a esta cita herido.
Apenas hace unos días, el pasado 8 de marzo, Guadalajara fue escenario de la marea feminista que cada año recorre sus calles para recordarnos una verdad incómoda: que las mujeres siguen muriendo, que el Estado sigue fallando, que el hartazgo no cabe en las urnas . Este año, como en otros, la furia dejó huellas. Pintas. Vidrios rotos. Y entre los edificios que recibieron el impacto estuvo el MUSA, donde las manifestantes intentaron prender fuego a las instalaciones . No lo lograron. Pero la cicatriz quedó.
Y entonces aparece Eugenio Caballero. Un diseñador de mundos. Un hombre que ha dedicado su carrera a construir escenarios que parecen reales, a veces más reales que la realidad misma. ¿Qué significa montar una exposición de su obra en un museo que aún huele a aerosol y que tiene los cristales rotos por una protesta que no pedía permiso? La respuesta, me temo, no está en los comunicados oficiales.
Porque el MUSA, hay que decirlo, no es un edificio cualquiera. Es un símbolo. Es el museo de la Universidad de Guadalajara, la máxima casa de estudios de Jalisco, la misma universidad que hace apenas unas semanas suspendió actividades culturales por "hechos violentos" en el estado . En aquel entonces, la medida fue preventiva. Pero ahora el golpe fue directo. Y no se trata de condenar o justificar. Se trata de entender que el arte, cuando ocurre en México, nunca ocurre en una burbuja.
Caballero construye mundos. Y el mundo que le ha tocado recibir es este: un país donde las mujeres salen a las calles a exigir justicia y, en el camino, chocan con los símbolos de las instituciones. ¿Y qué es un museo universitario sino una institución? ¿Un espacio de poder cultural, legítimo, valioso, pero también, inevitablemente, parte del mismo sistema que las protestas cuestionan? Esa tensión es la que hace que la exposición de Caballero sea, ahora, más que una muestra de talento. Es un espejo.
Me pregunto si el propio Eugenio, al caminar frente al MUSA, habrá notado los rastros. Si habrá entendido que sus escenografías, esas que parecen sacadas de la memoria colectiva, comparten ahora el mismo espacio que los escombros de una manifestación. Porque el arte escenográfico, el suyo, es el arte del contexto. Es hacer que un lugar cuente una historia. Y hoy el MUSA cuenta dos: la del diseñador que construye belleza con sus manos y la de las mujeres que la rompen con las suyas.
No voy a caer en la trampa de llamar a esto una "oportunidad para el diálogo". Eso sería un lugar común. Pero sí diré esto: si hay algo que el cine de Caballero nos ha enseñado —ese cine de Cuarón y del Toro que él ha ayudado a construir— es que la verdadera magia no está en esconder las heridas, sino en saber que incluso entre los pedazos rotos puede surgir una historia.
El MUSA recibió un ataque. Y en medio de todo eso, un diseñador de mundos abre sus puertas. Tal vez, sin proponérselo, Eugenio Caballero está haciendo su obra más política: exponer no solo su trabajo, sino la fragilidad de los espacios que creemos sagrados. Porque un museo también es una convención. Y a veces hace falta que le rompan los vidrios para recordarnos que el arte, como la protesta, también es una forma de habitar el mundo. Con furia. Con ternura. Con el vértigo de saber que cualquier escenografía, por más bella que sea, puede caerse.
Ojalá que quienes entren a ver la exposición entiendan eso. Que no busquen solo el detalle perfecto, la maqueta impecable, el mundo construido. Que también miren las grietas. Que escuchen el eco de lo que pasó afuera. Porque al final, como bien sabe Eugenio Caballero, el mejor diseño de arte no es el que esconde la realidad, sino el que la hace visible.
Y esta realidad, la de marzo en Guadalajara, está lejos de ser una ficción.