Política

La estrella que nos falta

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  • La estrella que nos falta
  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Ayer los católicos celebramos la fiesta de los Reyes Magos, la fiesta donde Jesús, el Mesías, es reconocido en su doble condición -Dios y hombre- según los evangelios por unos visitantes que, curiosamente, no pertenecían al círculo religioso "oficial" de su tiempo. ¿Magos o Reyes? 

Da igual, no es mi intención dar catecismo sino reflexionar en voz alta sobre la celebración después de estos días de descanso, convivencia familiar, amigos y mesas compartidas.

La fiesta religiosa donde el centro son los Reyes Magos, también llamada Epifanía significa "manifestación": algo que se revela, algo que se muestra. 

Y en tiempos de incertidumbre, invasiones, polarización, desigualdad y carencia de valores esa palabra no es un adorno litúrgico, es una pregunta de supervivencia moral:

¿Qué luz nos orienta cuando el mundo se vuelve un laberinto o un túnel oscuro sin salida?

Vivimos una época donde sobran pantallas, pero falta claridad. Abundan datos, pero escasea el juicio. 

La libertad de expresión nos da derecho a conversar y difundir mensajes, aunque la información a veces sea dolosa y difamatoria. 

Traemos brújulas tecnológicas en el bolsillo y aun así caminamos como si no tuviéramos norte. 

Todos los teléfonos traen GPS y nos perdemos con facilidad de los temas trascendentes de la vida.

La polarización no solo divide: empobrece. Reduce la complejidad humana a etiquetas donde el clasismo está a flor de piel.

En ese contexto, la fiesta de los Reyes Magos más allá de comer rosca y evitar que te salga el niño para evitar poner los tamales, debe tener un significado especial para todos los creyentes. 

Los llamados "Reyes" -que según estudiosos pudieron ser sabios y astrólogos- no se quedaron discutiendo desde el confort de su posición. Se movieron. Buscaron. 

Siguieron una luz. Y ahí está la primera lección: la luz no era espectáculo; fue orientación.

Pero la segunda escena es todavía más incómoda en una sociedad obsesionada por la apariencia donde un pesebre (muy seguramente con moscas y olor a estiércol), se hace presente para recordarnos virtudes tan elementales como la humildad y la sencillez.

Ahí donde el mundo esperaría mármol, aparece el barro. Ahí donde esperaríamos un trono, aparece la intemperie. 

Y ojo: esto no es romantizar la miseria -eso sería una crueldad- sino señalar una verdad que incomoda: lo esencial no siempre llega envuelto; a veces llega desnudo. 

Y reconocerlo exige algo que hoy escasea: la mirada a la conciencia.

Paja, piedras y estiércol: tres palabras que son paisaje y símbolo. La paja es lo elemental: lo pobre que abriga, lo simple que sostiene. Nos recuerda que la vida se arma con lo que hay, no con lo que se presume.

Las piedras son la dureza del camino: la fricción de la historia, lo áspero de existir, lo que lastima, pero también lo que forja. 

El estiércol es lo que nadie presume: la parte incomoda de vivir, lo que huele, lo que incomoda y a lo que rehusamos abrazar para resolver problemas y pendientes que no queremos nombrar... y, sin embargo, también es abono.

En una época donde el "tener" es la esencia de lo volátil y lo superfluo, el pesebre es una denuncia: la dignidad no depende de la envoltura. 

Y eso pega directo en el ego de nuestro tiempo, donde el consumo dicta jerarquías, la imagen sustituye al carácter, y el valor humano se mide por vitrinas, seguidores o cuentas donde la vanidad y narcisismo se ha puesto de moda.

En este iniciático 2026, les deseo estimados lectores, mucha luz, orientación en el bien y el despertar consciente de encontrar la estrella que ilumine nuestra vida, además, de procurar siempre la salud y el amor.


@CUAUHTECARMONA

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