En días pasados el diputado Ricardo Monreal, el más aliado de los morenos en el Congreso de la Unión, declaró que su fracción apoyaría la propuesta enviada por la presidenta Sheinbaum: “venga como venga”.
El gesto, sin duda, es de un político con oficio y tablas.
Reconoce que la reforma electoral va en serio con los costos políticos que pueda contener, incluyendo el proceso electoral del próximo año.
Y es que la reforma electoral que enviará la presidenta Sheinbaum se antoja incómoda para algunos, prudente y pertinente para otros.
Temas de fondo y de forma que deberán atender al pulso del mandante, es decir, al que manda, o sea: el pueblo soberano.
En palabras de la Presidenta: “el objetivo es disminuir los costos de las elecciones, porque México tiene los comicios más caros del mundo, lo cual incluye reducir el financiamiento de los partidos políticos.
Asimismo, reducir el número de plurinominales y que las listas no sean elegidas por las cúpulas de los partidos sino por la gente; fortalecer la representación de los mexicanos en el exterior y aumentar la democracia participativa”.
Si bien es cierto, el quehacer político depende de conexiones e interdependencias, pero como se venían dando ahora con la Cuarta Transformación ya no son posibles, pues esos vínculos entre actores muchas veces por no decir siempre tenían que ver con cálculo, intereses y codependencias… hoy insostenibles.
Como lo he manejado en otras reflexiones, a Morena se le está juzgando por la congruencia y coherencia.
De ahí que el deber ser radica en una exigencia sencilla de nombrar y difícil de practicar: si el poder se presume distinto, debe comportarse DISTINTO. Si, en mayúsculas.
Hay algo filosóficamente revelador en este episodio: la política, cuando se encierra, deja de ser mediación y se vuelve mecanismo de supervivencia.
Cuando la supervivencia se institucionaliza, la representación se degrada: la lista sustituye al territorio, la cuota suplanta al mérito y la prerrogativa se disfraza de derecho.
Por eso el punto neurálgico no está en la aritmética parlamentaria, sino en la ética del sistema. Aristóteles —uno de los padres de la política— entendía que el régimen se corrompe cuando los cargos dejan de orientarse al bien común y pasan a servir a quienes los administran.
La democracia, sin virtud pública, deriva en demagogia; y la representación, sin arraigo, deriva en simulación.
Si la reforma toca financiamiento y plurinominales, toca el nervio donde se alojan hábitos, no solo normas.
Y los hábitos —lo sabemos— son más obsesivos que los discursos.
La pregunta, entonces, no es si a la reforma le van a poner adjetivos (radical, peligrosa, necesaria, populista). La pregunta es:
¿Están dispuestos a incomodar a los partidos para corregir lo que se volvió cómodo y tan defendido?
Porque el “pueblo soberano”, no pide más de lo mismo y ver a los mismos de siempre. Pide limpieza y trasformación.
Pide que los partidos dejen de ser una estructura de manutención y se conviertan en estructuras de representación.
En ese punto, la reforma se convierte en prueba de carácter: carácter para tocar privilegios; prudencia para no debilitar garantías; y honestidad para aceptar que la resistencia no siempre viene “de los conservadores”, sino de los beneficiarios del arreglo, sin importar el color del chaleco.
Por eso, sí: venga como venga… pero que venga con el peso moral de la congruencia.
Que venga con la serenidad de lo bien pensado.
Y que venga, sobre todo, con la valentía de reconocer que el verdadero adversario no siempre es el de enfrente: a veces es la costumbre y en el peor de los casos, la corrupción.
Lo demás —las resistencias de las cúpulas y lideres partidistas, los lamentos de los eternos de las listas, la indignación súbita de quienes jamás se indignaron por el despilfarro— eso… eso, es el fondo de la reforma.
Como lo escribí hace algunos meses sobre este tema, los intereses intocables deben ser tocados para que se emparejen con la con trasformación.
Que se atengan al venga, como venga. Son los ciudadanos no son ellos.
@CUAUHTECARMONA