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¿La banalidad del mal en Torreón? II

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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En mi pasada entrega reflexioné sobre los hechos ocurridos en un ejido de Torreón, donde una maestra perdió lamentablemente la vida y otras personas sufrieron heridas de gravedad. 

Más allá del expediente y de las investigaciones, la tragedia debe sacudirnos y obligarnos a mirar qué tipo de sociedad estamos construyendo. 

Las redes sociales parecen dictar formas de vida y modelos culturales que deberían preocuparnos, y mucho.

Como interesado académicamente en el estudio del mal, una de las preguntas que más me repito es: ¿de dónde surge tanta maldad? La respuesta exige buscar las causas, mirar la moral, la ética y el contexto antropológico. 

Qué estos muchachos hayan privado de un bien tan fundamental como la vida no podemos normalizarlo. Y más aún cuando la víctima es alguien frágil e indefensa frente a un ataque violento.

Hannah Arendt habló de la banalidad del mal al examinar cómo la falta de reflexión y de juicio moral puede acompañar actos terribles. 

Su reflexión constituye un antecedente para pensar (sin equiparar situaciones), cómo el mal puede encontrar espacio allí donde se adormece la conciencia y se deja de reconocer al otro como persona.

Ninguna pista debe descuidarse. En noticias y testimonios sobre el caso aparecieron referencias a símbolos, prácticas o posibles influencias vinculadas con ambientes ocultistas. 

Ese aspecto, si corresponde, deberá esclarecerlo la investigación sin especulaciones, pero si, darle el trato serio que se merece. 

No conviene atribuir causalidades que no estén demostradas, pero tampoco asumir que los símbolos, los ritos y ciertas narrativas culturales carecen de influencia. 

Las ideas educan, los símbolos significan, los ambientes forman y los referentes pueden orientar o desorientar.

El problema filosófico y antropológico no se reduce a averiguar si hubo influencias simbólicas de ocultismo. Importa comprender qué concepción del hombre, de la vida y de la muerte se va formando detrás de determinados referentes culturales, hoy al alcance de nuestros jóvenes con apenas tocar una pantalla. 

Una estética o un símbolo no convierten por sí mismos a nadie en violento, pero tampoco vivimos en un vacío antropológico.

Cuando la muerte se vuelve fascinación, el sufrimiento ajeno espectáculo y el otro deja de ser reconocido como persona, estamos ante una crisis moral. 

De ello, hay un extraordinario texto Schadenfreude: La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana, escrito por el psicólogo Richard H. Smith.

La tesis del libro se centra en la alegría y el placer que produce a ciertas personas el sufrimiento y la desgracia de otras.

Bauman habló de una sociedad líquida. Hoy vivimos también en una sociedad saturada: demasiadas imágenes, opiniones, estímulos y posibilidades, pero cada vez menos estructuras capaces de ordenar todo ello hacia un fin.

El vacío no consiste necesariamente en no tener nada. También puede consistir en tenerlo todo sin saber para qué. Jóvenes permanentemente conectados y, sin embargo, no siempre acompañados para ordenar su propia existencia.

La familia sigue teniendo una responsabilidad insustituible. 

La escuela educa, el Estado protege y la sociedad acompaña, pero la familia continúa siendo el primer espacio donde una persona aprende a amar, respetar, distinguir, responsabilizarse y reconocer al otro. 

No puede delegarse completamente en una pantalla la formación de la conciencia y menos a los maestros.

La tragedia exige justicia para las víctimas y una investigación seria sobre sus causas. 

También exige reflexión. Sería muy sencillo considerarla una monstruosa excepción y continuar exactamente igual. 

Puede ser también síntoma de una sociedad que consume demasiado y contempla poco, que informa mucho y forma poco, que multiplica posibilidades mientras olvida enseñar responsabilidades, límites y fines.

Y qué decir de tantos influencers (no todos), elevados a gurús de una cultura light y del vaciamiento. 

Basta escuchar algunas póstcad para descubrir cómo la estupidez se vuelve espectáculo, el absurdo se cotiza y lo fugaz se confunde con lo valioso. 

No es cuestión de condenar una generación ni una herramienta tecnológica, sino de advertir qué modelos estamos aplaudiendo y a quiénes entregamos la atención de nuestros jóvenes.

El tema nos compete a todos y en él estamos todos.

El pasado 10 de octubre conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental. Convendría recuperar también aquella vieja expresión filosófica: la salud del alma. 

Sin confundir la salud mental con la virtud moral. Una sociedad verdaderamente sana no es solamente aquella que diagnostica y trata enfermedades, sino también aquella que sabe enseñar por qué la vida es un bien, por qué el otro merece respeto y por qué la libertad necesita orientación hacia el bien y los valores. 

Si el mal es privación, quizá el signo más grave de nuestro tiempo sea descubrir cuántos bienes esenciales hemos dejado de enseñar, respetar y amar por el olvido, el odio y la muerte


@cuauhtemocarmona

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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