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¿La banalidad del mal en Torreón?

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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Los hechos ocurridos hace unos días en una secundaria en un ejido de Torreón, Coahuila donde dos jóvenes hermanos privaron de la vida a una maestra e hirieron a personal de la institución educativa, no pueden agotarse a la crónica policiaca ni a la nota roja en la búsqueda apresurada de explicaciones sencillas sobre delitos tan dolorosos. 

La investigación deberá determinar causas y motivaciones donde las redes sociales están jugando un papel preponderante en la conducta de niños y jóvenes.

El próximo 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. 

Hace un año, en este mismo espacio, escribía sobre la salud del alma, una expresión antigua que hoy adquiere vigencia y atención, donde los suicidios en jóvenes deben preocuparnos. 

Hablar de salud mental no significa referirnos a patologías, diagnósticos o tratamientos. 

Nos obliga como sociedad mirar el ambiente familiar, cultural y psíquico en el que se forma una persona.

Vivimos entre generaciones que reciben información sin interrupción. Imágenes, mensajes, videos, violencia, sexualidad, odio, frustración, desafíos, prácticas extrañas y toda clase de narrativas llegan a una pantalla que acompaña al adolescente durante horas. 

Celebro que la Secretaria de Educación Pública (SEP), limite y controle el acceso a los dispositivos móviles.

Pero el problema no está solamente en la cantidad de contenido, sino en la ausencia de criterios para acceder y ordenarlo. 

Tenemos una enorme capacidad para transmitir información y una creciente dificultad para enseñar a distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y falso, entre aquello que dignifica la vida y aquello que termina degradándola.

Estamos ante la “infocracia” donde todos los sectores, incluyendo el político queda inmerso ante el frenesí por la información y estar presente en las redes.

Las redes sociales no inventaron el mal, tampoco puede atribuirse mecánicamente una tragedia a una plataforma digital. Sin embargo, han creado una condición cultural inédita. 

Nunca había sido tan sencillo entrar en contacto permanente con cualquier idea, símbolo, práctica o comportamiento sin la mediación inmediata de una familia, un maestro, una comunidad o una estructura moral.

Desde la tradición aristotélico tomista, el ser es bueno en cuanto ser y el mal no posee sustancia propia. 

El mal es privación del bien debido, es corrupción, carencia o desorden respecto de aquello que una persona debería ser conforme a su naturaleza y finalidad.

Pero frente a hechos de extrema violencia importa mirar también aquello que falta como formación, límites, presencia familiar, responsabilidad, respeto por la vida, dominio de las pasiones, virtud y reconocimiento del otro como persona.

En ese sentido, recordé el libro de Hannah Arendt: “Eichmann en Jerusalén” -en su justa proporción-, para comprender el horror sanguinario del nazismo y que formuló la conocida tesis de la “banalidad del mal”. 

Su propuesta ha sido muy discutida en el ámbito académico, pero sigue pareciéndome frágil cuando se pretende explicar la maldad humana.

Porque hay conductas en las que la violencia, la crueldad y la voluntad de destrucción alcanzan tal extremo que la categoría de banalidad resulta insuficiente para explicarlas.

Y ante esos extremos podemos encontrarnos ante la expresión de lo demoníaco o lo satánico, entendido aquí en su dimensión simbólica, como representación del mal llevado a su máxima radicalidad: la negación consciente del bien, de la dignidad y de la vida del otro. 

Otros filósofos estudiosos del mal como Kant, también abordaron su radicalidad, aunque tampoco ahí encontramos una explicación al misterio de la maldad humana.

La banalización puede ayudarnos a comprender cómo una sociedad llega a acostumbrarse al mal. Podemos aceptarlo. 

Pero no todo mal es banal. Hay un mal que se normaliza, pero también hay otro que se busca, se celebra, se ritualiza y se convierte en voluntad de destrucción. 

Y aquí surge una reflexión muy delicada que no se puede dejar pasar. La adopción de la subcultura de la muerte y de la violencia.

Uno de los jóvenes portaba en su ropa un símbolo (sigilio) que hace alusión a Banhomet. 

Se trata de una representación históricamente, en algunas de sus formas contemporáneas, corrientes y simbología satanistas. 

Sin embargo, no es el fin de esta reflexión atribuir conductas delictivas a prácticas ocultistas ni establecer una relación causal, eso será competencia de las autoridades. 

Hay que poner en la mesa de la discusión lo que estamos observando y qué tipo de cultura e información está circulando por las redes y a su vez, cómo pueden estas subculturas influenciar conductas que van más allá de la simple banalidad del mal, entre otras muchas causas.

Continuará…

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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