Política

Tres Predicciones de Año Nuevo

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  • César Romero

Amparado en el recurso de la retrospectiva, me atrevo a utilizar “la imaginación sociológica” (prestada del libro del mismo nombre de Charles Wright Mills publicado en 1961) y a partir de ahí, presentar tres predicciones sobre lo nos espera a partir del 2026.

La Cuarta Transformación será un ciclo corto; supongo que de entre 9 y 12 años. Si bien hoy parecen tener el mismo control político del país con que el régimen priista gobernó México durante 70 años, un par de datos me permiten suponer que el reino de la 4T durará mucho menos. Primero que nada, el tema de la sucesión: la condición principal que permitió a los presidentes priistas heredar el cargo a la figura que escogían era, justamente, que concentraban todo el poder de la República en sus manos. Lo cual no ocurre en el caso de Claudia Sheinbaum. El propio peso de la figura de Andrés Manuel López Obrador, caudillo supremo del movimiento y aparato morenista, constituye, paradójicamente, el principal obstáculo a la continuidad transexenal de su proyecto.

Lo anterior supone que en rumbo a las elecciones intermedias de 2027 y ante un muy previsible escenario de estancamiento o raquítico crecimiento económico (llevamos así casi 45 años), continuará el desgaste acelerado del oficialismo, sobre todo n el tema de la corrupción de algunas de sus figuras emblemáticas. Este 2026 será de mucho desgaste al interior de las propias corrientes del “nuevo” régimen. El año que viene la oposición no ganará posiciones; las perderá Morena.

Y para el 2030 volveremos a la eterna disputa entre una ciudadanía que demanda libertad, honestidad y progreso, versus la capacidad de movilización clientelar de la nueva “mafia del poder”.

El fenómeno Trump se irá apagando. En congruencia con la Tercera Ley de Newton, "a toda acción corresponde una reacción de igual magnitud pero en sentido contrario", no resulta demasiado aventurado suponer que conforme se acerque el final de su segundo mandato, el vigor del proyecto nacional-populista que encabeza el empresario que este año cumplirá 80 años, se irá diluyendo.

La invasión a Venezuela será un triunfo efímero, seguido por el regreso de las guerrillas nacionalistas, las conjuras de palacio y la descomposición social ligada al crimen organizado.

La crónica del “heroico asalto militar” que permitió el arresto de Nicolás Maduro no terminará con el chavismo. Tarde o temprano saldrán a la luz la serie de traiciones de una evidente negociación que pretende regresar el continente a los peores momentos del imperialismo yanqui.

Luego de seis años de forzar la ilusión de que a través de imponer aranceles a diestra y siniestra y truculentas negociaciones tras bambalinas, Estados Unidos recuperaría “la grandeza” con que salió de la Segunda Guerra Mundial, Donald Trump ciertamente ha ganado mucho para su causa: su ego y su fortuna personal. Y poco más.

Al satanizar y perseguir a los inmigrantes, reactivar el racismo, la xenofobia y la intolerancia de amplios sectores sociales de su país, ha ido alimentando un profundo rechazo interno de quienes sí se creyeron la idea del sueño Americano como el gran faro guía de un mundo mejor. En las elecciones de este noviembre, la gente votará con una mano en el bolsillo o sobre el corazón. En ninguno de esos escenarios Trump lleva ventaja.

Sin creerme aquello de la “ley del péndulo”, sí me parece que la mitad civilizada y moderna de la sociedad estadounidense, encontrará mejores formas de recuperar la influencia global de un proyecto de nación que, en muchos sentidos, definió los parámetros principales de estos tiempos interesantes en que nos tocó vivir.

En el Mundial nos ganarán las ganas. A pesar de que la definición de “éxito” o “fracaso” están siempre condicionadas a las expectativas, tanto la maquinaria promocional como nuestro optimismo endémicos nos van a llevar a ilusionarnos con una gran hazaña deportiva que no sucederá.

A pesar de que el futbol sigue siendo nuestro deporte nacional, lo es, sobre todo como espectáculo y no como práctica. Como país no hemos superado el nivel de las cascaritas infantiles; la verdadera profesionalización del deporte no ha llegado. Además de las triquiñuelas de la FIFA (solo 8 equipos han ganado el Mundial en casi un siglo) nuestro problema no es genético, ni cultural, es un tema de inversión y trabajo, mucho trabajo.

Pero la propia dinámica del negocio mundialista como el rol de los medios y su eterna adicción a los ratings irán alimentando un optimismo de corta vida. Le ganamos a Sudáfrica, también a Corea del Sur y nadie nos sacará de la cabeza soñar con the whole enchilada. Y así, del tamaño del sueño será la caída.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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