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Nuevas Fronteras

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  • César Romero

En 1923 el mundo se conformaba de 126 países con una población global de unos 2 mil millones de personas. Hoy somos 8 mil millones divididos en 195 países.

Un mismo planeta, nuevos desafíos. Quizá como reacción hasta cierto punto natural a la globalización económica, la concentración del poder y la riqueza y la propia revolución tecnológica, una de las enfermedades más graves de nuestro tiempo es el nacionalismo extremista.

Las dolorosas escenas se repiten una y otra vez. El cuerpo sin vida de un bebé en las costas de Siria o de otro dentro de la playera de su padre en la frontera con Texas. Caravanas de gente desesperada que recorren miles de kilómetros, por miedo o ilusión, en busca de un escape a una realidad, para ellos, insoportable.

Sea Tapachula, el Río Bravo o el mar Mediterráneo, la historia es la misma. Hasta el año pasado, de acuerdo con la ONU, 281 millones de seres humanos radicaban fuera del país en que nacieron. Si bien siguen representando una fracción muy menor de la población mundial --el 3.6 por ciento--, el suyo es uno de los mayores falsos dilemas de la actualidad.

Bandera favorita de quienes lucran con nuestros temores más primitivos --el temor al "otro"--, de quienes han hecho del racismo y la xenofobia su modus vivendi, el negocio político más rentable del este momento vuelve a ser el odio a las minorías y a los más vulnerables.

Justamente porque más del 95 por ciento de la población mundial nace, crece, se reproduce y muere en un radio menor a 50 kilómetros, es posible que los nuevos campeones de la anti-migración sean personajes como el senador idiota de Louisiana o el abusador sexual, golpista frustrado y predicador del caos, el célebre caballero del peluquín anaranjado.

Porque una vez abierta la caja de Pandora no puede volver a cerrarse, el nacionalismo extremista es la nueva pandemia. Como sucedió hace casi un siglo, el populismo de derecha ha contagiado a amplios grupos sociales que, como en psicosis colectiva, niegan las enormes aportaciones económicas, sociales y culturales de los trabajadores inmigrantes e incluso abjuran de los propios valores morales y cristianos que dicen profesar.

Hoy la competencia política se trata de mostrar la mayor dureza contra los inmigrantes. En México, el partido de la "nueva izquierda" en el poder quiere presumir su condición "pro-militar, pro-Estados Unidos y pro-oligarquías". Sus muros fronterizos los construye con soldados, brutalidad criminal (Cd. Juárez no se olvidará) y tolerancia a la corrupción de coyotes y autoridades.

Del lado norte del "Río Grande", la histeria colectiva intenta culpar a un individuo --George Soros--, del mismo fenómeno social que acompañó el nacimiento de su país: la inmigración. El jaloneo entre los estrategas demócratas y republicanos ha convertido a esa franja de 2 mil millas de la región fronteriza en una arena central de la disputa electoral. Algo, por cierto, que difícilmente tendrá un peso definitorio en las agendas personales de la inmensa mayoría de los votantes.

Por supuesto, las fronteras se mueven. Y aunque hoy se siguen señalando como una línea sobre la tierra, las nuevas y verdaderas fronteras están en el acceso al conocimiento, a la salud, al uso de tecnologías de vanguardia. El color de los pasaportes cuenta, eso es innegable, pero no radica ahí la clave del futuro que estamos construyendo.

De cualquier modo, esperamos, la tempestad amainará. Quizá más tarde que pronto, pero el peso de la realidad terminará por imponerse: la materia prima de cualquier economía son las personas, los inmigrantes siguen siendo la sangre joven que puede rescatar la demografía de los países ricos. Y, quizá lo más obvio y relevante: como el mundo que compartimos es uno y el mismo, solamente el desarrollo y la paz en sus lugares de origen podrán ofrecer cierto orden a la movilidad de las personas.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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