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Lunes , 25.03.2019 / 08:40 Hoy

Tiempos interesantes

Crisis migratoria,a fuego lento

César Romero

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La nueva Caravana Migrante surge en la víspera de las elecciones intermedias de Estados Unidos y el cambio de presidente en México. Los riesgos sociales y políticos de una crisis largamente esperada son enormes. Las posibles ganancias para sus principales operadores, también.

Lo que ya sabemos: América Central es una de las regiones más marginadas y violentas del mundo. Por más de 100 años la influencia estadunidense ha sido enorme. Solamente allí parece normal registrar a un recién nacido bajo el nombre de “Usnavy”.

Escenario de algunas de las últimas batallas de la guerra fría, Honduras, Nicaragua y El Salvador conocen bien la furia anticomunista que, desde la Casa Blanca, se asoció con el narcotráfico y alentó el nacimiento, en los barrios más pobres del sur de California, de pandillas de jóvenes salvadoreños como la Mara Salvatrucha (M-13).

El dilema central: Al menos desde hace una década al interior de Naciones Unidas se ha debatido sobre si al éxodo forzado de cientos de miles de centroamericanos se les debe considerar “migrantes” o “refugiados”. Políticamente la diferencia sería enorme.

Al igual que en la crisis migratoria del Mediterráneo —donde miles mueren tratando de escapar de la guerra en Siria e Irak—, la violencia de las Maras y el narcotráfico han convertido la región, en particular Honduras, El Salvador y partes de Nicaragua, en una de las zonas más peligrosas del planeta.

Casos como la matanza de San Fernando (Tamaulipas, 2010), donde 72 migrantes centroamericanos fueron ejecutados, son apenas una muestra del desafío que enfrenta la diáspora centroamericana.

Trump y AMLO, los nuevos jugadores. La llegada a la Casa Blanca de la retórica antiinmigrante y racista considera como Mexicans a cualquier persona que intenta cruzar el Río Bravo sin papeles. La gran mayoría, como lo demostró la crisis de los niños enjaulados de la primavera pasado, son centroamericanos. El caso de los poco más de 700 menores que por ordenes de Donald Trump fueron separados de sus padres, se convirtieron en una especie de capitulo paralelo y no oficial de las negociaciones por el renovado acuerdo comercial de América del Norte.

Maestro del juego de los espejos y la manipulación mediática, el presidente de Estados Unidos reaccionó de inmediato al anuncio de que unas 5 mil personas —buena parte de ellos mujeres y niños— iniciarían una nueva caravana migrante. Amenazó a México con enviar al Ejercito a cerrar la frontera si el gobierno mexicano no lograba impedir el paso de esos “criminales” por Guatemala.

En contraste con la tradicional respuesta de las autoridades mexicanas ante casos similares —mirar para otro lado—, Luis Videgaray, el aún canciller mexicano voló a Nueva York, para buscar la participación de la ONU en el asunto.

A pesar de las escenas que vimos por la televisión desde el puente migratorio del río Suchiate, la caravana va. Son miles y buena parte de ellos ya solicitó asilo político y trabajo en México. Otros seguramente llegarán a la frontera norte e intentarán lo mismo ante las autoridades estadunidenses.

Andrés López Obrador, también se sumó al tema al recordar públicamente la carta que envió recientemente a su próximo colega. Es la misma en que le propone a Trump que Estados Unidos invierta 30 mil millones de dólares en proyectos productivos destinados a crear trabajos y condiciones en toda la región para que, ni centroamericanos, ni mexicanos, se vean forzados a migrar hacia su país.

En tanto Trump hace todo lo posible para movilizar a su base electoral con la misma bandera que le permitió ganar la Casa Blanca hace dos años: el miedo a los Mexicans.

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