La educación ha sido duramente castigada en México. Desde hace mucho tiempo. En los años más recientes fue golpeada por la austeridad del gobierno federal. “Se eliminaron programas completos”, escribió Gilberto Guevara Niebla. “Se despidió a una parte gruesa del personal, se prohibieron las asesorías, se disminuyó el presupuesto en áreas críticas como la educación normal, la creación de nuevas plazas docentes, la formación continua del magisterio, la educación inicial, la educación especial, la comunitaria (Conafe) y la indígena”. Fue suprimido el presupuesto del programa de “Escuelas de Tiempo Completo”, uno de los más exitosos del pasado: los niños que asistían a ellas podían comer ahí, y sus madres tenían la posibilidad de trabajar mientras sus hijos estaban cuidados en el aula. La destrucción del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, a su vez, dejó a las escuelas sin una institución encargada de evaluar con rigor el desarrollo de la educación en el país. La razón de todo eso no fue solo el odio hacia lo hecho en el pasado. Hubo otra: las prioridades del gobierno. “Se descuidan los servicios educativos para concentrar dinero en los programas prioritarios del presidente. No hay dinero para la formación docente, pero hay dinero para becas y para otras formas de asignación directa que maneja la Presidencia. La política priva sobre la educación”.
Gilberto Guevara Niebla publicó ese artículo, titulado “Regresión educativa”, en abril de 2021, cuando todas las escuelas permanecían cerradas en México. En nuestro país, como en otros, el cierre de las escuelas afectó a los niños más pobres, los que viven lejos de las ciudades, sin una conexión adecuada, mal alimentados, más vulnerables a la violencia en el hogar. Las consecuencias del aislamiento fueron enormes para ellos. Otros países decidieron abrir las escuelas, a pesar de los contagios, por la convicción de que los niños deben ser la prioridad frente a otros grupos de la población. En Europa, los gobiernos aceptaron que las clases a distancia no podían garantizar que los niños recibieran la educación de calidad a la que tenían derecho; consideraron que el derecho a la educación pesaba más que el riesgo para la salud que implicaba el regreso a clases. El bienestar de los niños era prioritario allá. Aquí no. ¿Cuántos miles de niños abandonaron la escuela en México? La educación es el mejor camino para salir de la pobreza: haberla negado a los niños tendrá consecuencias profundas para el resto de sus vidas.
A la austeridad y la pandemia hay que sumar, ahora, los prejuicios de la ideología. El gobierno quiere imponer en las escuelas primarias libros de texto que no han sido sometidos a discusión pública; libros para los cuales los maestros no han sido capacitados; que proponen cambios de fondo en la enseñanza, al desaparecer materias como matemáticas, física, química y biología, español, historia, geografía y civismo. Nada menos. Asumen un relativismo cognitivo (todo saber es válido, si es colectivo) y un relativismo ético (toda moral es válida, si es comunitaria) que conduce al nihilismo, afirma de nuevo Guevara Niebla. La educación subordinada a las creencias de la comunidad.