Política

2 de julio de 2006 (II)

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Las cámaras de televisión aguardaban tras el portón de acero de la Calle Cóndor 231, en la colonia Las Aguilas de Ciudad de México. Felipe Calderón vivía ahí con su familia, en la Casa 8. Había silencio y paz en el aire de la mañana. No llegaban todavía los helicópteros que, poco después, enloquecerían a los vecinos con el ruido de sus rotores.

Hacia las 10 de la mañana, Calderón salió a votar con sus hijos de la mano, seguido por su esposa, que llevaba en brazos al más pequeño. Vestía un traje azul marino con una camisa azul claro, y su corbata era azul con rayas blancas —los colores de su partido— el PAN. Al llegar a la casilla 3487, el candidato votó con todos sus hijos en la mampara. Tachó la boleta de presidente, la dobló en cuatro y le dio un golpecito con el índice al depositarla en la urna. Luego dividió entre sus hijos las boletas de las elecciones de la capital para que las depositaran en las cajas: una para cada uno. Era claro, por las encuestas, que la elección estaba muy cerrada. Cualquiera podía ganar.

Calderón conocía bien a su adversario, el candidato de la Coalición. Pero ya entonces le parecía un extraño. Había tenido con él un trato frecuente durante los noventa, cuando ambos eran dirigentes de la oposición. Coincidían en todos lados para intercambiar puntos de vista: la cafetería de la librería Gandhi, el Wings del aeropuerto, las oficinas del PRD en la colonia Roma. “Llegué a ir a su casa, a su departamento de Copilco, a cenar tamales”, dijo al periódico Reforma. “Tenía yo un gran aprecio por Rocío, su esposa, que siempre me recibía amablemente, con afecto. La última vez que tuvimos una reunión formal fue cuando era yo secretario de Energía y lo visité en la jefatura de Gobierno”. A partir de entonces, la política los alejó y los enfrentó. En ese momento no eran adversarios: eran enemigos. Los separaban sus biografías y sus certidumbres, y también el odio desatado por la sucesión presidencial.

López Obrador había enfrentado con dificultad la publicidad negra del PAN. Fue una publicidad exitosa, que logró cambiar los términos de la contienda. Al final, los mexicanos ya no debatían si había que cambiar o no de modelo económico, sino más bien si López Obrador era o no era peligroso para México. Con ella, Felipe había resurgido en las encuestas, pero a un costo: perdió no sólo la relación más o menos cordial que tenía con Andrés Manuel sino, más importante, la relación que mantenía con el conjunto de la izquierda en México.

A las 7 de la noche, Calderón salió a bordo de su camioneta Suburban hacia la sede del PAN. El edificio del partido tenía fotos suyas, estaba llena de globos blancos, azules y anaranjados, con luces de discoteca que llenaban el aire de colores. Al llegar ahí, la gente lo vio feliz. Es difícil, para una persona, disimular lo que siente –más difícil que simular lo que no siente. Calderón, esa noche, a esa hora, estaba radiante: no lo podía ni lo quería disimular. “Lucía una sonrisa amplia” (Proceso). “Se veía feliz” (La Jornada). “Celebraba” (El Universal). Así entró al edificio del PAN, aunque no por la puerta de honor porque, a pesar de toda su felicidad, no tenía la certeza de haber ganado la Presidencia de la República.


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Carlos Tello Díaz
  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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