Benito Juárez falleció de angina de pecho cerca de la medianoche del 18 de julio de 1872, en sus habitaciones del Palacio Nacional. Acababa de enviudar. Su ánimo era sombrío. El libro que tenía en su cabecera, en el momento de fallecer, tenía una señal de papel en la página 232, que marcaba el sitio donde había suspendido la lectura. Su hija Manuela, su consentida, anotó sobre la señal estas palabras: “último libro que leyó papá”. Hace de eso, este mes, 150 años.
Juárez había nacido en 1806 en San Pablo Guelatao, un pueblo de no más de 20 familias, al sur de la sierra de Ixtlán. A los tres años quedó huérfano de padre y madre, y a los 12 años huyó del hogar de su tío para marchar a pie hasta la ciudad de Oaxaca. Benito era un niño que hablaba solo zapoteco, que no había ido jamás a la escuela. Con ayuda de su protector (“un hombre piadoso y muy honrado”, diría en sus memorias, “que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros”) ingresó al Seminario Conciliar de la Santa Cruz. Fue después estudiante en el Instituto de Ciencias y Artes. Al terminar sus estudios de derecho, en fin, sería juez del tribunal de justicia del estado y secretario de Gobierno en Oaxaca, y luego diputado al Congreso General, y más tarde ministro de Justicia y al final, por más de 14 años, presidente de la República.
¿Cómo era don Benito Juárez? “Se levantaba al amanecer y tomaba un baño de agua fría, tanto en verano como en invierno”, dijo alguien que lo trató. “Hacía un ligero ejercicio, y después se entregaba a sus labores, despachando sin precipitación, pero con constancia”. Sus comidas eran sencillas y austeras, aunque con los años empezó a beber. Solía dormir la siesta. “Era sumamente aseado en su cuerpo y en su traje. Vistió con severidad, siempre de negro. Era afable en su trato, gustaba oír conversar a las personas de ingenio; nunca reía, pero celebraba con una sonrisa las buenas ocurrencias”. Tenía una gran memoria. “Su rostro era naturalmente severo, sin llegar a la dureza; su mirada fija, sin que jamás revelase lo que pasaba en su interior”.
Estuvo siempre rodeado por hombres que tenían una inteligencia superior a la suya, a los que dominaba, sin embargo, por la fuerza de su carácter, con su voluntad de hierro. Así lo recuerdan sus contemporáneos. “Aunque don Benito Juárez tenía notoria capacidad y no carecía de instrucción, ni su erudición, ni su inteligencia, eran de primer orden. Su gran mérito, mérito verdaderamente excepcional, estribaba en las excelsas prendas de su carácter. La firmeza de sus principios era inquebrantable” (José María Iglesias). “De talento mediano y con una instrucción escasa e imperfecta, él suplía estos defectos con una percepción recta y con un juicio reflexivo y sólido. A estas cualidades añadía la principal, que era una voluntad de granito” (Ignacio Manuel Altamirano). “Se creía inferior a muchos de los hombres que entraron con él en contacto, desde el punto de vista intelectual, al grado de preferir, no solo, sino de sentir una tendencia constante a preferir la opinión ajena a la propia. Juárez solo tenía confianza en su voluntad; era lo que necesitaba su partido, fue lo que necesitó su patria” (Justo Sierra).
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